EL PRESIDENTE DE LOS EE UU

El presidente de los Estados Unidos es elegido el primer lunes después del segundo miércoles de diciembre. En esa fecha se reúnen, en las capitales de los diferentes estados, los miembros del Colegio Electoral. Votan y remiten el resultado al Congreso de Washington. Al inicio del periodo de sesiones (3 de enero a mediodía) se reúnen ambas cámaras en sesión conjunta y bajo la presidencia del Presidente del Senado. En ese momento se abren las certificaciones, se procede al recuento y se proclama el vencedor que tomará posesión el 20 de enero a mediodía, de acuerdo con la Vigésima Enmienda (XX, 1933), y según la fórmula recogida en el Artículo Dos, Sección Primera, Punto 7 de la Constitución: “Juro (o prometo) solemnemente que desempeñaré legalmente el cargo de Presidente de los Estados Unidos y que sostendré, protegeré y defenderé la Constitución de los Estados Unidos, empleando en ello el máximo de mis facultades”. Todos los presidentes han añadido la coletilla “Con la ayuda de Dios”.

En este punto, más de un lector habrá pensado que he entrado en desvarío. “Las elecciones presidenciales en Estados Unidos son el primer martes después del primer lunes de noviembre”, afirmará resuelto más de uno. Pero siento decirle que estará equivocado. Lo que los ciudadanos estadounidenses votan el primer martes después del primer lunes de noviembre, cada 4 años, es la composición del Colegio Electoral. Y no otra cosa. El Punto 2 de la Primera Sección del Artículo Dos de la Constitución establece que “Cada Estado nombrará, del modo que su legislatura disponga, un número de electores igual al total de los senadores y Representantes a que el Estado tenga derecho en el Congreso”.

Quedan claras, pues, dos cosas:

1.- La elección del Presidente es una elección indirecta (o de Segundo Grado) cuya competencia corresponde, en última instancia, al Colegio Electoral.

2.- Son los Estados los encargados de escoger a los miembros de dicho Colegio Electoral. De hecho, tras la crisis constitucional de 1800 se aprobó la Decimosegunda Enmienda (XII, 1804) que modificaba el procedimiento para la elección del Presidente y del Vicepresidente. En esa Enmienda, se refuerza el papel de los Estados sobre el de los ciudadanos cuando se afirma que, en caso de que ningún candidato tenga la mayoría de los electores, la decisión pasa a la Cámara de Representantes y “Téngase presente que al elegir al Presidente, la votación se hará por Estados y que la representación de cada Estado gozará de un voto”.

Aclarado este extremo, vamos a situarnos en el mes de noviembre, mes electoral por excelencia en Estados Unidos. Y empezaremos con los trazos más gruesos. Por qué consideraron los padres fundadores que noviembre era el mes ideal para celebrar las elecciones. Pues sin duda porque partían de la base de que su sociedad (a la que ellos estaban dando forma política en la segunda mitad del siglo XVIII) era uno sociedad eminentemente agrícola, por una parte, y con un altísimo componente comercial, por la otra. Y ambos elementos, unidos al particular clima de la costa este de los Estados Unidos sirvieron para marcar las pautas de los procesos electorales que se estaban diseñando.

A finales de octubre se completaba el calendario agrícola. Terminaba la cosecha y llegaba el momento de dejar reposar el campo. Poco más que recoger leña y poner todo a cubierto se podía hacer. Además, todavía no había llegado el crudo invierno con ventiscas, nevadas y demás. Así que los primeros días de noviembre eran los ideales para estos menesteres. Si tenemos en cuenta que la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre es fiesta grande en Estados Unidos (la fiesta de Halloween), que el día 1 de noviembre es día de misa (por los difuntos), día de resaca (por la fiesta) y día de cerrar las cuentas del mes anterior (para los comerciantes), está claro porque se descartó esa fecha (nunca se han celebrado elecciones el 1 de noviembre en Estados Unidos). Por parecidas razones se descartó el lunes ya que no daba tiempo, en aquellos momentos, a que los ciudadanos pudiesen asistir a los servicios religiosos del domingo y desplazarse para poder votar. El miércoles era el día tradicional de mercado así que no parecía la mejor fecha para fijar un compromiso cívico tan importante como las elecciones. De ahí que el martes fuese el día de la semana escogido.

[En el Reino Unido, desde 1935, las elecciones se celebran en jueves. La razón parece estar, entre otras cosas, en no interferir en el domingo y en evitar, en general el fin de semana que comenzaba a mediodía del viernes, día de paga, cuando los jornaleros recibían el dinero y solían terminar en los pubs, con alguna pinta de más. La mejor solución que se encontró, legislativamente, fue adelantar el día de las votaciones para que, por lo menos, fuesen sobrios a las urnas].

Tenemos pues que el mes escogido era noviembre, siempre que no fuese el día 1 y que el mejor día de la semana era el martes. De ahí surge la famosa fórmula de que las elecciones en Estados Unidos (no sólo las presidenciales) son el primer martes después del primer lunes de noviembre. De todas formas, esa unificación en un sólo día no se produce sino en el año 1845 por decisión del Congreso de los Estados Unidos. Hasta entonces, y tal y como se recoge en la Constitución de 1787, cada Estado era la última instancia para fijar las características del proceso electoral en su territorio. También para decidir la fecha de los comicios. Sólo tenían que salvar una regla establecida en una Ley Federal de 1792: que entre la celebración de las elecciones y la reunión del Colegio Electoral -primer lunes después del segundo miércoles de diciembre- no podían pasar más de 34 días.

Lo cierto es que todos los días de noviembre cumplían con ese requisito, así que no era extraño que en muchos estados se celebrasen las elecciones un jueves, un viernes o un sábado de noviembre. Incluso ocurría que se prolongaban durante más de una jornada. Esta práctica pervive en el caso de algunos caucus  en las elecciones primarias.

Las comunicaciones existentes por entonces no favorecían el trasvase de datos entre Estados de tal forma que los procesos se desarrollaban de una manera bastante aislada y sin influencias entre Estados. Pero a mediados del siglo XIX, el telégrafo y el tren, sobre todo, multiplicaron la distribución de la información. La prensa, por otra parte, tenía ya un papel relevante, y se impuso la máxima de que era necesario que las elecciones fuesen el mismo día para que todos los ciudadanos votasen en las mismas condiciones.

Curiosamente, no se ha seguido el mismo criterio para unificar un horario. Tengamos en cuenta que en Estados Unidos hay 4 husos horarios, 3 horas de diferencia, por lo tanto, entre la costa este y la costa oeste. Pero si incluimos a Hawai, la diferencia se duplica ya que hay 6 horas entre Nueva York y Honolulu, por ejemplo. Pero lo cierto es que cada estado vota según su horario y, como no hay una regulación federal, se pueden hacer públicos los resultados y los sondeos desde el mismo momento del cierre de las urnas.

Así pues, el primer martes, después del primer lunes de noviembre, los estadounidenses que sean ciudadanos, tengan más de 18 años y se hayan inscrito en el censo para votar podrán hacerlo para elegir… a los miembros electores del Colegio Electoral que elegirá al presidente de los Estados Unidos. Los electores que figuran en las papeletas son designados por los partidos y/o por activistas políticos en cada estado y se comprometen a votar por el candidato a presidente y el candidato a vicepresidente de un determinado partido.

Pero se trata de un “compromiso moral”. No hay mandato imperativo y, por lo tanto, no hay nada que les impida cambiar el sentido de su/s voto/s desde que se celebran las elecciones hasta que se reúne el Colegio Electoral. De hecho, en 1872 el Candidato Demócrata Horace Greeley falleció 24 días después de las elecciones (el 29 de noviembre) y 10 días antes, por tanto de que se reuniese el Colegio Electoral. Por este motivo, los 66 Electores que había obtenido en los comicios se repartieron entre 4 candidatos diferentes y hasta 8 personas distintas obtuvieron votos para la vicepresidencia.

Es más, 48 de los 50 estados y el DC siguen un sistema de reparto según el cual, el candidato que logra la victoria en el Estado se lleva todos los votos de ese Estado en el Colegio Electoral (volvemos a la idea del sistema mayoritario, “todo para el vencedor”). Pero hay dos excepciones a esta regla. En 1972, el pequeño estado de Maine decidió que en cada uno de los dos distritos del estado habría un vencedor, que podría ser distinto. Y los otros dos votos que le corresponden, se los lleva el vencedor. Con lo cual no es extraño que en la reunión del Colegio Electoral de Maine, que se celebra en Augusta, haya 3 votos para uno de los candidatos y 1 para el otro. Algo parecido ocurre en Nebraska desde 1992, con la particularidad de que este estado, con capital en Lincoln, reparte 5 votos electorales. Con lo cual podría haber hasta 3 votos diferentes.

Queda claro, pues, que es imposible hablar de voto popular federal aunque, como veremos, es un concepto que surge con cierta frecuencia. Sobre todo en elecciones muy reñidas en las que el vencedor en el Colegio Electoral no es el que más votos populares ha obtenido sumando los de los diferentes Estados. En 4 ocasiones ha sido elegido presidente el candidato que no obtuvo un mayor número de votos. Fue en 1824, en 1876, 1888 y en 2000.

No deja de ser curioso que haya habido sólo 2 casos de hijos de presidente que hayan llegado a presidentes. El primero es el de John Quincy Adams, hijo de John Adams, que logró la presidencia en 1824 sin ser el candidato más votado. El segundo es George W. Bush que llegó a ser presidente en 2000 sin ser el candidato más votado y tras un polémico recuento en Florida. Aunque ambos se llamaban igual que sus respectivos progenitores, lo cierto es que Bush hijo logró lo que no lograron ni su padre ni ninguno de los Adams, ser reelegido. Por su parte, Quincy Adams es el único ex presidente que siguió con su carrera política. De hecho, sirvió los últimos 17 años de su vida como miembro de la Cámara de Representantes por Massachussetts.

La diferencia a favor más estrecha fue la que consiguió Kennedy ante Nixon en 1960, 1 décima y 112.000 votos sobre un censo de casi 69.000.000 de electores. Además, Kennedy fue el único candidato, en todo el siglo XX, que logró la presidencia sin vencer en el estado de Ohio.

Puedes descargar aquí el documento completo en pdf:

Las Elecciones en EE UU

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