POR XODER

Había en mi pueblo una señora que tras muchos años dando guerra a la familia y a los vecinos veía llegar sus últimas horas. Pero ella no dejaba de zascandilear entre las dos casas de su propiedad, una en la parte alta del pueblo, cerca de la carretera, la otra en la parte baja, junto a las huertas, a la vera del río. Para que no hubiese dudas, la buena (por decir algo) señora, no se cansaba de repetir “Se morro na casa d’abaixo, que me enterren na casa d’arriba. E se morro na casa d’arriba, que me enterren na d’abaixo”. “E eso por qué” preguntaban entre sorprendidos e indignados los presentes. “Por xoder”, sentenciaba imperturbable la buena (por decir algo) señora.

Por xoder, diría yo que estamos donde estamos y vamos a dónde vamos. Nadie quiere nuevas elecciones. Al menos, eso dicen todos en privado. Un destacado, pese a todo, dirigente de Podemos lo verbalizaba con dramatismo. “No aguanto físicamente otra campaña en junio”. “Vamos a elecciones y en septiembre, si se dan los resultados que dicen las encuestas, no nos queda otra que apoyar un Gobierno de Rajoy”, reconoce un gerifalte de Ferraz. Lo dicho, nadie quiere ir a elecciones pero nadie, casi nadie, está haciendo nada por evitarlas de verdad. Paripés a parte.

Lo saben todos de sobra, en caso de que haya elecciones el 26 de junio, la campaña no será de 15 días. Habrá sido de seis meses. Y con esa premisa, nunca hemos celebrado elecciones en España. Por cierto, sólo ha habido tres precedentes de convocatoria electoral en junio, a saber: el día 15 de junio de 1977 fueron las primeras elecciones democráticas y pre constitucionales. Ganó el partido recién nacido del Presidente Suárez. Los jóvenes socialistas de González se alzaron a la segunda posición, casi contra pronóstico. Y los viejos comunistas de Carrillo se llevaron la sorpresa desagradable del día, junto a la derecha de Fraga.

El 22 de junio de 1986, tras el referéndum de la OTAN, el PSOE volvió a ganar con mayoría absoluta aunque perdiendo 1.200.000 votos y 18 escaños. La Coalición Popular de Fraga se dejó 300.000 votos y 2 escaños. Izquierda Unida se estrenó recuperando 100.000 votos y 3 escaños, respecto a los resultados del PCE. Y el CDS se hizo mayor con 19 escaños a pesar de no recuperar todos los votos perdidos por la extinta UCD.

El último precedente de elecciones en junio hay que buscarlo en 1993, el día 6. Aquella última victoria de González, con sabor a remontada, le llevó por encima de los nueve millones de votos que sólo le otorgaron 159 escaños. El PP de Aznar alcanzó su mejor resultado hasta la fecha, con 141 escaños gracias a más de ocho millones de votos. IU levantó cabeza gracias a 2.250.000 sufragios y 18 escaños y el CDS desapareció del mapa, por cierto, tras los pactos de Gobierno en Autonomías y Municipios tras los comicios de 1991.

Súmale, a todo ello, que las elecciones no se ganan sino que se pierden y puedes tener un buen puñado de claves sobre el comportamiento electoral de los españoles en serie histórica. Falta un dato más, ese que la mayoría de los analistas subrayan como repetición de las elecciones, otros como segunda vuelta y que yo prefiero definir como nuevas elecciones después de una legislatura no nata. Entre otras cosas porque la repetición de las elecciones es otra cosa y la segunda vuelta se plantea como tal desde el principio, tiene sus ritmos, sus reglas y lo que hemos vivido los españoles desde año nuevo es algo muy diferente a lo que se produce en el periodo natural entre la primera y la segunda vuelta.

Dice Iván Redondo hoy en El Mundo que el efecto mariposa de la unión entre Podemos e Izquierda Unida puede condicionar los planes de unos y otros a la hora de plantear los comicios del 26J. Y yo estaría de acuerdo con él de no ser por un pequeño detalle. Ese efecto mariposa también tendrá, inevitablemente, consecuencias en la decisión de voto de los ciudadanos. No es lo mismo tomar una papeleta y otra sabiendo que las opciones que tienes delante son cinco o son cuatro. No es lo mismo pensar en premiar o castigar a tal o cual formación sabiendo que el premio o el castigo puede tener consecuencias para cuatro años. No, definitivamente no es lo mismo.

Así las cosas y ante los 15 días que nos quedan por delante, el PSOE afronta el reto de mejorar los resultados de diciembre a lomos de la buena imagen que Pedro Sánchez se labró entre febrero y marzo por intentar un acuerdo de investidura. Y eso que, en abril, ha empezado a perder a jirones esa buena imagen por sus bandazos y sus negativas persistentes. Las encuestas dicen que se quedará más o menos igual y ese espejismo le puede salvar en su casa, aunque tendrá que seguir peleándolo. Pero lo más probable es que empeore resultados. En votos, en escaños, o en ambos ámbitos. Es más, se puede encontrar sorpassado por Podemos (con o sin IU). Un escenario que acabaría con la carrera política de cualquiera. Pero Sánchez ya ha demostrado ese aguante que le alaba su mentor internacional, Carlos Westendorp. Así que mejor no sacar conclusiones antes de tiempo.

Con todo, lo más difícil para Pedro Sánchez y para el PSOE será hacer campaña sin poder demonizar a Ciudadanos y teniendo que justificar su pacto con ellos. Mal escenario que lo es casi peor para los de Albert Rivera. Dicen las encuestas que los naranjas podrían gobernar con el PP tras el 26J, pero para eso tendrían que soltar lastre respecto de los socialistas y destrozar su mejor legado de estos seis meses. Su capacidad negociadora y de acuerdo, su centralidad. Súmale a ello que Ciudadanos suele arrancar muy fuerte en las encuestas pero termina desfondado en las urnas. Así que tendrán que aprender a dosificarse y a jugar con los matices durante los próximos seis meses. Condición imprescindible para ello, encerrar a Juan Carlos Girauta muy lejos de los micros y las cámaras.

Podemos, tal vez la formación que más está haciendo, en su conjunto, por forzar las nuevas elecciones, juega la baza de que siempre le va mejor en las urnas que en los sondeos. Construye bien los relatos o, al menos, se los compran mejor sus votantes que a los de otras formaciones. Sólo en Andalucía, en marzo de 2015, se les congeló la sonrisa durante unas semanas. Claro que lo fundamental para Podemos, antes al menos de llegar a las urnas, es atar las alianzas, las confluencias que prefieren decir en uno de esos relatos que tan bien construyen. Confluencias de intereses particulares, da la sensación a veces. En todo caso, colocarse por delante del PSOE está al alcance de su mano y ese es el hito que buscan. Desde ahí, tienen garantizado el Gobierno o el dominio de la izquierda, si quiera para cuatro años. Con la vista puesta en Galicia y en lo que pasó en el año 2001.

Y ahí está Mariano Rajoy, que nunca pierde la ocasión de hacer historia, aún sin proponérselo. Ha sido el primer presidente sin la Z en sus apellidos, el que mejor resultado ha conseguido nunca para el centro derecha en España y ahora aspira a ser el primero en ganar tres elecciones generales. Algo que sólo ha conseguido Felipe González hasta la fecha. De pronto, tras la ruptura de la negociación nonata a tres, son muchos los que empiezan a elogiar la calma del Presidente en funciones. Muchos de ellos, por cierto, los mismos que hace unas semanas le criticaban por inacción. Muy propio de nuestro carácter. El de la vecina de mi pueblo que estaba a punto de morirse pero sabía muy bien dónde quería ser enterrada.

Todo ello, si no media una nueva sesión de investidura de por medio que, a día de hoy, sigo sin descartar. Al tiempo.

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