PACHANGA SIN BALÓN

No recuerdo mis años de patio de colegio con especial nostalgia. Pero como la mayor parte de los de mi generación si recuerdo la ansiedad de bajar y no saber si habría o no pelota para jugar. Es más, en una larga etapa, fuimos muchos los que nos pasamos al basket (luego nos hemos quedado) porque la existencia de balón estaba garantizada. Ese es, era, un clásico. Con que un compañero tuviese una pelota era suficiente. ¡Bueno! También era necesario que viniese a clase. Y que la trajese. ¡El resto estaba hecho!

Él ponía la pelota y se garantizaba, con ello, un puesto en la pachanga. Y los demás, a procurar que te escogiesen y a disfrutar. He de decir que nunca tuve balón propio, así que no tengo ni idea de qué se siente con ese poder simple pero completo. Qué se siente con esa posibilidad de coger bajo el brazo la pelota y decir “me voy, y me llevo el balón. ¡Se acabó el juego!” ¡Qué inmenso control debe suponer eso! ¿No?

Visto desde cierta distancia, da la sensación de que nuestros líderes políticos están jugando una pachanga en el patio del colegio. No está tan claro de quién es la pelota con la que juegan. Tanto es así que he empezado a pensar que tal vez, sin saberlo, están jugando sin balón, ¡vete tú a saber!

En los últimos días hemos visto varios amagos de espantada, con el añadido de que, el espantado se llevase consigo el esférico. Supongo que en algún caso, ha rectificado al darse cuenta de que se iba sin nada bajo el brazo y los que se quedaban seguían correteando tras ese hipotético balón. Llegados a este punto me pregunto, ¿es posible tener entretenidos a tantos con la ilusión de que hay un balón al que dar patadas sin que se den cuenta?

Yo he jugado al fútbol en el patio sin porterías. La mochila y un par de chaquetas eran suficientes. He jugado en el patio de columnas. Impagable lo de tener que driblar una bigarda de hormigón armado de metro largo de diámetro. Eso, cuando te dabas cuenta de que era una columna. Otras veces sólo te dabas cuenta cuando caías al suelo tras haberte topado con ella.

Hemos jugado cinco contra cinco, siete contra siete, dos contra dos con un solo portero y dieciséis contra dieciséis en un patio que no daba opción para echar una carrera con semejante atasco de piernas. Pero siempre, en todo caso, había al menos una pelota.

Y me vuelvo a preguntar, ¿hay pelota en toda esta historia? ¿Alguien la ha visto? ¡Anda que si al final descubrimos que hemos estado entretenidos tantas semanas con una pachanga ficticia! Seamos buenos. Demos por supuesto que hay pelota. Pregunto de nuevo ¿de quién es? Vamos, me conozco a más de uno y de dos que llegados a este punto habrían embolsado ya la pelota en el sobaco y se habrían ido con aire de dignidad.

Por ahora nadie se ha llevado la pelota, así que todos siguen correteando. Y en el tiempo que queda de recreo vamos a ver, me temo, mucho aire de dignidad en más de uno.

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