APRENDIENDO DE LOS ERRORES

Si hay algo que todos los que han tratado al Rey Felipe VI le reconocen es que tiene capacidad para escuchar. Un valor, poco frecuente en estos tiempos, que le lleva a aprender, rápidamente, de los errores. Sean éstos propios o ajenos. El mensaje de Nochebuena de este año es un buen reflejo de ese aprendizaje empírico al que muchos deberían, deberíamos, apuntarnos.

Vamos por partes.

La decisión de grabar el mensaje en el Palacio Real y no en Zarzuela, como era costumbre, ha centrado las primeras miradas. No tengo elementos suficientes para anunciar cuándo se tomó esa decisión pero sí tengo suficientes indicios como para asegurar que fue una decisión condicionada por el resultado de las elecciones del 20D. La semana previa no había nada que indicase ese cambio de escenario y soy de la opinión que la idea era buena.

Discrepo, sin embargo, sobre la decisión de escoger el Salón del Trono. Mucho simbolismo, sí, pero demasiado oropel. Y no lo digo sólo porque gente sin honor y despreciable, por ello, como el nuevo líder de ERC en Madrid, Gabriel Rufián, haya calificado de “indecente” que el Rey dé “lecciones de democracia” desde un salón que es más grande que los pisos de muchos ciudadanos. Lo dicho, se estrena por la vía más despreciable este personaje que ya ha dejado muestras de su nivel intelectual durante la reciente campaña electoral.

Creo que hubiese sido más acertado hacer el discurso desde el Salón de Columnas. Le sobra simbolismo. Allí se firmó la adhesión de España a las Comunidades Europeas. Allí se firmó la abdicación de Don Juan Carlos. Allí hemos visto juntos a los presidentes de la democracia. Por otra parte, es un lugar menos ostentoso, más prudente y sencillo que el Salón del Trono. El marco institucional para las palabras del Rey habría sido igual de potente y todos nos podríamos haber centrado más en el contenido que en la forma.

En todo caso, acertó el monarca y acertaron sus asesores al despojar de adornos el lugar. Nada de referencias navideñas, ni de fotografías. El mensaje, el contenido, el momento eran suficientemente importantes y nada debía distraer. Apenas tuvimos tiempo de situar una bandera de España a la izquierda de Don Felipe cuando afirmaba,

Creo sinceramente que hoy vivimos tiempos en los que es más necesario que nunca reconocernos en todo lo que nos une. Es necesario poner en valor lo que hemos construido juntos a lo largo de los años con muchos y grandes sacrificios, también con generosidad y enorme entrega. Es necesario ensalzar todo lo que somos, lo que nos hace ser y sentirnos españoles. En mi discurso de proclamación manifesté que en la España constitucional caben todos los sentimientos y sensibilidades, caben las distintas formas de sentirse español; de ser y de sentirse parte de una misma comunidad política y social, de una misma realidad histórica, actual y de futuro, como la que representa nuestra nación”.

Potente mensaje con el que arrancaba sus palabras nada más haber justificado el cambio de escenario y nada más haber introducido el elemento histórico que hilvanaba todo el discurso. Ese encuadre, sin embargo, forzaba demasiado las cosas. El aire escogido para enmarcar el discurso era al otro lado y ahí se rompe el discurso audiovisual, nada más empezar, lo que supone un error imperdonable. Habrá más en los siguientes diez minutos.

Audiovisualmente, se ha abusado de las máscaras (como técnica de edición, que nadie piense mal) para desenfocar el fondo y reforzar la imagen del monarca. Y se nota demasiado ese recurso. Además, al desenfocar los dorados y las luces de las lámparas, se multiplica el efecto ostentoso del escenario. Mala elección, por lo tanto, en mi opinión.

Con todo, aún hay otro elemento en el que se han equivocado los encargados del apartado visual del discurso. Es cierto que Don Felipe aguanta con soltura el plano corto, sobre todo cuando se adentra en los elementos esenciales del mensaje.

“España inicia una nueva legislatura que requiere todos los esfuerzos, todas las energías, todas las voluntades de nuestras instituciones democráticas, para asegurar y consolidar lo conseguido a lo largo de las últimas décadas y adecuar nuestro progreso político a la realidad de la sociedad española de hoy. Unas instituciones dinámicas que caminen siempre al mismo paso del pueblo español al que sirven y representan; y que sean sensibles con las demandas de rigor, rectitud e integridad que exigen los ciudadanos para la vida pública”.

Pero perdemos la referencias de sus manos que asoman, como buscando su protagonismo, que lo tienen, como náufragos tratando de mantenerse a flote. Ya lo apunté el año pasado y en esta ocasión no se ha corregido ese error. Prima el esquema cerrado de empezar con un plano abierto que va cerrando en ligero zoom hasta encuadrar al Rey en plano corto. Falta imaginación y soltura para primar el mensaje sobre la forma.

Don Felipe dice bien sus discursos. Muy bien, me atrevería a decir a estas alturas. No deja de mejorar y buena parte de esa mejora viene dada por el manejo de las manos, como también apunté ya hace un año, con motivo de su primer discurso. Sigue llamándome la atención la preeminencia del uso de la mano izquierda sobre la derecha. En esta ocasión, he repasado varias veces el discurso y me atrevería a decir que usa la mano izquierda para subrayar los mensajes con los que se siente más personalmente implicado. Los que más le llegan al corazón.

“…un Estado que reconoce nuestra diversidad en el autogobierno de nuestras nacionalidades y regiones; y que tiene en el respeto a la voluntad democrática de todos los españoles, expresada a través de la Ley, el fundamento de nuestra vida en libertad”.

“…lo que nos debe importar a todos, ante todo, es España y el interés general de los españoles”.

“La pluralidad política, expresada en las urnas, aporta sin duda sensibilidades, visiones y perspectivas diferentes; y conlleva una forma de ejercer la política basada en el diálogo, la concertación y el compromiso, con la finalidad de tomar las mejores decisiones que resuelvan los problemas de los ciudadanos”.

Sí. Es como si quisiera subrayar que va a ser necesaria mucha mano izquierda en las semanas y meses que tenemos por delante. Dice bien los discursos, éste particularmente, y los interpreta mejor. Acompañado de sus manos, que usa con maestría, y subrayando con su rostro, al que saca mejor partido sin barba, como este año, que con barba, como el año pasado. Por eso no se termina de entender porque la edición del mensaje resulta tan abrupta en muchos momentos, en muchos cambios de cámara, en varias transiciones.

Diálogo, consenso, compromiso, esfuerzo,… los términos utilizados por el Rey no dejan lugar a dudas sobre la inmensa tarea que tenemos por delante, particularmente, nuestros políticos. Y dejan implícita, también, la voluntad del monarca de mantenerse, estrictamente, en los márgenes que le fija la Constitución, a la que apeló constantemente. Porque, en este tipo de discursos, tan importante es lo que se dice, como lo que se deja sobre la mesa con discreción y habilidad. Hay muchos niveles de análisis e interpretación y a todos ellos hay que dedicar algunos minutos.

Por eso, llama la atención las casi nulas referencias a los contenidos sociales. Trece minutos dan para mucho y somos muchos los que hemos notado ese vacío en las palabras del jueves por la noche. Igual que somos muchos los que hemos creído demasiado complacientes las frases dedicadas a la situación económica.

“Todos deseamos un crecimiento económico sostenido. Un crecimiento que permita seguir creando empleo —y empleo digno—, que fortalezca los servicios públicos esenciales, como la sanidad y la educación, y que permita reducir las desigualdades, acentuadas por la dureza de la crisis económica”.

No deja de ser curioso que en párrafos como este, en el que sólo parecía salir de su boca el subrayado y empleo digno”, y en otros por el estilo, sobre todo en el tramo final del discurso, fuese la mano derecha la que tomase el protagonismo de la gestualidad. Como si la mano derecha fuese la oficial mientras que la izquierda fuese la suya personal en una falsa dislocación de personalidades.

Cuantos más discursos navideños vayamos teniendo de Felipe VI, más elementos de comparación vamos a tener para marcar similitudes y diferencias y para buscar subrayados de todo tipo. Y todos van a tener que estar ligados, inevitablemente, a las circunstancias propias de cada año. El de este 2015 ha sido, tal vez, el más político de las últimas décadas. Y ello, a pesar de esas imágenes, aparentemente familiares, al finalizar, que, como ya dije el año pasado “Para el olvido, sin ninguna duda, las fotografías con las que se cerraba el mensaje. No por las imágenes en sí mismas sino por el abuso absurdo e innecesario del retoque, tanto el de Photoshop como el de composición para generar una falsa ilusión de tridimensionalidad que nada aporta y en nada mejora el conjunto”.

Sí, hay cosas que mejorar, aunque vamos por el buen camino.

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Un comentario en “APRENDIENDO DE LOS ERRORES

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