CALENDARIOS, CALENDARIOS, CALENDARIOS

Me he acordado estos días de unos sábados del mes de abril de hace casi 20 años. Fueron unos sábados intensos y largos, muy largos, aquellos. Tal vez fue el 13 o quizás el 20 de abril, el día es lo de menos. Lo que es seguro es que era la primera vez que visitaba la madrileña urbanización de La Moraleja. También fue la última. Allí vivía, por entonces el líder de la oposición y ganador de las elecciones celebradas el 3 de marzo. La familia Aznar se había refugiado en esa urbanización tras el atentado del año anterior. En su casa de La Moraleja se dieron los toques definitivos a un pacto que luego se formalizó en el Hotel Majestic de Barcelona. En realidad, aquella negociación fue a muchas bandas (PP, CiU, PNV, Coalición Canaria,…), con muchos protagonistas (Aznar, Jordi Pujol, Rodrigo Rato, Macià Alavedra, Jaime Mayor-Oreja, Xabier Arzalluz,…) y en muchos escenarios (Madrid, Barcelona, Burgos, Bilbao,…). Aquella negociación dio paso a la investidura de José María Aznar dos meses y un día después de haber ganado las elecciones del 3 de marzo de 1996 por el estrecho margen de 290.000 votos y un punto porcentual.

Dos meses y un día le costó a Aznar y al PP de entonces asegurarse los apoyos necesarios para alcanzar la investidura en la primera votación. Nunca, ni antes ni después, una sesión de investidura se retrasó tanto en nuestra reciente historia.

Viendo la tabla anterior podemos extraer algunas conclusiones inmediatas. Primera, sólo una vez ha sido necesaria una segunda votación (en 2008). En realidad, Leopoldo Calvo-Sotelo también necesitó una segunda votación en 1981 pero no veníamos de unas elecciones sino de la dimisión de Adolfo Suárez, y se coló por el medio la descomposición de la UCD y el Golpe de Estado del 23F. Segunda, la media habitual es de entre 30 y 35 días (así ha sido en seis de las 10 legislaturas recogidas) dependiendo un poco del calendario y de los meses. Tercera, no hay una relación directa entre el resultado electoral, lo que se demora la investidura y la duración de la legislatura.

Mi admirado Enric Juliana suele hablar de mapas, mapas, mapas y no le falta razón. Lo ha vuelto a hacer esta semana con tino. Otros análisis han ido un poco más allá de los mapas, centrándose en exprimir los datos, aunque lo expongan de forma visual mediante mapas y gráficos. Datos, datos, datos podríamos decir, parafraseando a Juliana. Yo, en este caso, me he fijado más en calendarios, calendarios, calendarios. Sobre todo, mirando hacia adelante. A lo que tenemos que afrontar y lo que va a marcar las próximas semanas o meses.

Despejando primero las incógnitas sencillas, dejo dicho que no creo que haya nuevo Gobierno antes de la última semana de febrero o la primera de marzo. Pero habrá nuevo Gobierno. Está bien que los partidos hayan abierto pronto las conversaciones más o menos informales y más o menos sinceras. Pero no debemos tener prisa. Como le he leído a alguien estos días, las negociaciones para arrancar la legislatura se van a parecer mucho a las negociaciones europeas. Siempre a punto de romperse, siempre aparentemente imposibles, siempre condenadas a resolverse a última hora, de madrugada y por agotamiento. No lo perdamos de vista. Parafraseando al replicante Roy Batty al final de Blade Runner, “vamos a ver cosas que nosotros mismos no creeríamos”.

Es difícil, por lo tanto, que los congresos pendientes del PP y del PSOE se celebren antes de esas fechas. Calendarios, calendarios, calendarios. Las negociaciones van a ser interesantes tanto entre partidos como dentro de los propios partidos. El primer capítulo lo estamos viendo ya en el seno socialista. “Es la dirección federal y yo mismo, como Secretario General, quién propone las líneas políticas y la política de pactos” dijo Pedro Sánchez el miércoles tras su fugaz paso por el Palacio de La Moncloa. “La política de pactos la fija el Comité Federal” le respondieron Susana Díaz, Guillermo Fernández Vara y Emiliano García Page entre otros.

Ambas partes tienen razón. Unos proponen y otro dispone. Pero los barones tienen más peso, más poder y más respaldo, a día de hoy, para hacer valer sus opiniones. Al menos, aparentemente. Sería un desastre que el Secretario General del PSOE saliese desautorizado del Comité Federal del lunes 28 de diciembre. Así que se ha convocado una reunión previa, el domingo, para tratar de cerrar una posición común que defender y aprobar en la reunión del máximo órgano entre congresos de los socialistas.

Está bien, pero es sólo una meta volante. Quedan muchas negociaciones por en medio. Muchos desencuentros y habrá más reuniones históricas en las semanas que se avecinan antes de llegar al marco que de paso al nuevo Gobierno. Tanto es así que no podemos descartar que sean necesarias más de dos y más de tres votaciones de investidura. Algo poco habitual, cierto, pero a lo que ya nos vamos acostumbrando este año. Susana Díaz necesitó cuatro votaciones en entre abril y junio para ser investida como Presidenta de la Junta de Andalucía. Y Artur Mas ha retrasado la tercera hasta después de Año Nuevo para tratar de garantizarse el apoyo de las CUP.

Con todo, lo más determinante es saber cómo se pueden lograr los votos necesarios, sea en la ronda que sea. Y ahí es donde los resultados el 20D alcanzan el calificativo de diabólicos que muchos analistas le han dado. Veamos. Si lo miramos desde una perspectiva de izquierda derecha, los resultados se podrían agrupar de la siguiente manera:

Si lo miramos desde una perspectiva de independentismo frente a unionismo:

Y si lo hacemos a partir de los que quieren, con más o menos ímpetu, reformar la Constitución:

A la vista de estos datos, salvo en la defensa de la unidad de España, donde 5 de cada 7 diputados recién elegidos están a favor, en los otros dos parámetros hay una profunda división. Bien por la mitad, casi perfecta entre centro-izquierda y centro-derecha. Bien entre los partidarios y los contrarios de la reforma de la Constitución, con el añadido de los que quieren dinamitarla para empezar de cero. División, en este caso, en tres bloques bastante equilibrados, con ligera desventaja para los partidarios del punto y aparte.

Es, por lo tanto, descabellado buscar un acuerdo trasversal, con puntos de apoyo en diversos de estos grupos, para garantizar un proyecto de cambio, de reforzamiento del país y de futuro sólido cimentado en el diálogo, el acuerdo y la renuncia. No lo creo. PP, PSOE, Ciudadanos y Coalición Canaria tienen la base necesaria para empezar a construir. Los cuatro tendrán que buscar la confluencia en el centro. Tendrán que hacer lo posible para encontrar la forma de reconstruir la unidad de España reintegrando a los más díscolos y para ello será necesario reformar la Constitución para adaptarla a los nuevos tiempos.

Los pocos que me lo han oído comentar en las últimas horas, casi las que van desde la media noche del lunes 21 de diciembre, me han dicho que soy un idealista. Eso, siendo muy, pero que muy generosos. Por algo son amigos. Pero creo firmemente en esa perspectiva. Y me da la sensación de que Felipe VI tenía en mente algo parecido en su discurso de Nochebuena. Por eso me pareció que tenía mucho sentido lo que escribía Javier Casqueiro en El País el martes por la noche. Hablaba Casqueiro de una oferta de Mariano Rajoy para que el PSOE presidiese el Congreso y entre ambos acordasen una reforma de la Cosntitución. A algo así llevaba yo dándole vueltas a la cabeza desde el día anterior. Pero me sonaba incluso mejor la propuesta que lanzó el mismo miércoles Albert Rivera, que buscaba un hueco en la toma de posiciones de las tres fuerzas principales del nuevo Congreso.

Puestos a imaginar, imaginemos a alguien como Maritxell Batet en la Presidencia del Congreso. Tercera institución del estado. Con todo el margen para pastorear la reforma de la Constitución y para mantener bajo control la acción de ese Gobierno acordado. Con el aval de ser la número dos socialista por Madrid, apuesta de Pedro Sánchez y catalana. Con el apoyo, al menos, de cinco de cada siete diputados para ser Presidenta del Congreso y de las Cortes. No sería la primera mujer (ese honor le correspondió a Luisa Fernanda Rudi en la segunda legislatura de Aznar) pero si sería la primera catalana desde la transición (hubo un balear en la figura de Félix Pons) y el más respaldado en la historia.

Puestos a imaginar, no hace falta que imaginemos un Presidente de Gobierno de un partido y un Presidente del legislativo de otro partido. Tenemos un ejemplo reciente en la legislatura de 2009 en el Parlamento Vasco. Patxi López y Antonio Basagoiti hicieron posible aquel acuerdo que colocó a Arantxa Quiroga al frente de la cámara de Vitoria. Después de aquella experiencia, Basagoiti abandonó la política agotado. La política vasca ha tenido esos efectos en demasiadas ocasiones. No sólo en el PP. Pero creo, sinceramente, que Antonio Basagoiti es un valor a recuperar. Con capacidad para hablar con todo el mundo y llegar a acuerdos (demostrado) sin ponerle paños calientes a sus propias convicciones.

Tanto Basagoiti, que llegó a buen puerto con Patxi López, como Batet, que se ha casado con el Secretario de Estado de Cultura en el Gobierno de Rajoy, José María Lassalle, han dado muestras de tener capacidad para hablar y para acordar. No digo yo que la renovación de sus respectivos partidos vaya por esos derroteros pero, tal vez, el futuro de la legislatura y de España si pase por nombres como los suyos o por personas de ese estilo. Desde luego, pasa por acercar, por sumar, por acordar. No pasa por nuevas elecciones.

PD: Hace seis meses escribí, en este mismo cuaderno, una reflexión en la que ligaba lo que podía pasar tras las elecciones municipales y autonómicas con lo que se recoge en la serie danesa Borgen. Estos días, son muchos los que han recuperado las tres temporadas de esa serie para buscar paralelismos y enseñanzas. Creo que es oportuno recordar aquellas palabras. Entre otras cosas, porque me parece que están plenamente en vigor y completan lo que he querido decir con este apunte.

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