REFLEXIÓN Y DIMISIONES

Estoy convencido de que de los cuatro candidatos a la presidencia del Gobierno con más posibilidades en las elecciones del 20D, alguno no terminará el año en la máxima responsabilidad de su partido. Los resultados electorales van a pasar factura, de manera inapelable. Aunque en España no tenemos costumbre de ese tipo de decisiones en caliente, como sí ocurre, por ejemplo, en Reino Unido. De hecho, sólo recuerdo dos o tres casos en nuestra reciente democracia. El primero en dar ejemplo fue Adolfo Suárez tras las municipales y autonómicas de 1991. Nueve años después lo hizo Joaquín Almunia tras las generales de 2000. Y el último fue Alfredo Pérez Rubalcaba, hace año y medio, tras las europeas de 2014. Tomemos nota porque la noche del domingo se le va a hacer larga a más de uno.

Tienen asegurada la celebración las formaciones emergentes, Ciudadanos y Podemos. Sean cuales sean los resultados van a celebrarlo como si fuese una Nochebuena adelantada. Otra cosa será cuando llegue el momento del análisis sereno de los resultados.

Los de Albert Rivera rozaron el cielo al inicio de la campaña y fiaron el tramo final a ese vuelo sin motor que, creían, les iba a mantener permanentemente y con comodidad cerca del sol. Pero se olvidaron de que, como Ícaro, viajaban con unas preciosas alas de cera que el calor del astro rey ha ido derritiendo. No se van a pegar un sopapo, pero van a tener mucho trabajo para asentarse como una alternativa sólida para evitar se flor de un par de elecciones, como les ha ocurrido a otras formaciones de similares perfiles.

Los de Pablo Iglesias han hecho la campaña más sólida, en opinión de la mayor parte de los observadores. Han sido coherentes, han mantenido a los fieles y reagrupado a una parte de los volátiles. Han forjado alianzas sin escrúpulos en dejar sus siglas, colores y líderes en un discreto segundo lugar para favorecer las expectativas. Un poco resultadistas, sí, pero probablemente eficaces. Ahora bien, esos mensajes de remontada y avalancha están muy lejos de la realidad de las cosas.

Cómo suele decir Luis Arroyo, las redes sociales son más un espejismo que una realidad, a día de hoy. El número de votantes que es activo en Twitter o en Facebook es pequeño. Y más pequeño aún el de aquellos que toma decisiones electorales en función de esas redes. A día de hoy, siguen siendo una gran herramienta de charla, chascarrillo y cotilleo, pero una pequeña en la toma de decisiones importantes. Y lo vamos a ver durante el recuento. Es cierto que Podemos maneja con habilidad este aspecto de la comunicación política moderna y cabe la posibilidad de que no tardando, haya que ponerlas en un lugar de privilegio a la hora de planificar las campañas, pero todavía no es el caso.

Fijémonos, por ejemplo, en la poca repercusión que ha tenido el error de estrategia del PP durante el cara a cara del lunes 14. Mariano Rajoy, que asistía en persona y con escasa capacidad de reacción a las andanadas de Pedro Sánchez, no dejaba de twittear desde su cuenta @marianorajoy. Buena muestra de que los populares siguen sin entender bien el funcionamiento de la comunicación política 2.0. Y eso que los últimos vídeos han demostrado una cierta frescura.

 

 

Hablando del cara a cara organizado por la Academia de TV, lo primero que habría que hacer es felicitarnos de que hayamos vivido la campaña con más debates de la historia en España. Eso, en sí mismo, es ya una buena noticia. Y lo ocurrido en esas tres semanas previas dará para varias investigaciones, sin duda. Lo segundo es decir que el PP los planificó como si fuese una secuencia de primarias (algo forzadas, eso sí) en la que se iban descartando candidatos para llegar al momento decisivo con los dos candidatos que, para los intereses populares, tenían que aparecer como los que centraban la decisión de los votantes. Ya veremos, también, si esa estrategia ha sido o no la correcta.

Sabemos, en todo caso, que los debates no son determinantes para ganar o perder unas elecciones. Su valor está, esencialmente, en tres aspectos, en mi opinión:

1.- mantener prietas las filas propias,

2.- captar un puñado de votos de los indecisos reales,

3.- recordar a los votantes propios que esta vez también es necesario su voto.

Aplicando esta triada (no perder, animar y recuperar) al encuentro Rajoy-Sánchez del lunes no es descabellado pensar que ambos lograron el punto 1, una cuestión no menor para los socialistas, que veían alarmados como se desangraban a derecha e izquierda desde primeros de verano. El objetivo 3 también fue alcanzado, muy probablemente, por ambos. Sobre todo por Rajoy que, sin duda, tenía el mayor volumen de ex votantes escépticos. La diferencia, en mi opinión, está en el punto 2. No estoy muy seguro de que el Presidente del Gobierno lograse sumar demasiado en este aspecto. Sin duda, Sánchez no lo consiguió en absoluto. Todo lo contrario. Muchos de los que buscaban razones para respaldarle, seguro que embolsaron su voto para Ciudadanos o para Podemos esa misma noche.

La foto, para que no quepan dudas, es de antes de empezar el cara a cara. Lo digo para los que gustan de analizar los rostros y los gestos de los candidatos.

Pedro Sánchez Y Mariano Rajoy, antes del Cara a Cara con Manuel Campo Vidal como moderador.

Pedro Sánchez Y Mariano Rajoy, antes del Cara a Cara con Manuel Campo Vidal como moderador.

Foto, Juan Medina, Reuters. Vía publico.es

Dicho todo lo anterior, y a riesgo de volver a meter la pata, me voy a permitir matizar el pronóstico que dejé escrito en estas mismas páginas hace unos días.

Con estos resultados, como apunta hoy mismo Gonzalo López Alba en El Confidencial, los pactos van a ser la vuelta de calentamiento de una legislatura interesante. No soy yo, en cambio, de los que piensa que vaya a ser corta. Pensemos que sobre 11 legislaturas que llevamos, sólo en cuatro ha habido mayoría absoluta. Y pensemos que en las otras siete nunca ha habido un Gobierno de coalición, sino pactos de legislatura, apoyos puntuales o geometría variable. Ahora bien, es posible que haya llegado el momento de hacer las cosas de otra manera. Y es posible que miremos a ese país que lleva sobrevolándonos toda la campaña. Dinamarca.

Allí, los Gobiernos de coalición son la norma. De dos y de más partidos (tres o cuatro). Siempre con parlamentos multi fragmentados. Y también tenemos que quitarnos el miedo a los llamados, con cierta maldad, como gobiernos de perdedores. En Dinamarca son frecuentes (y no sólo porque la aclamada serie de televisión Borgen parta de esa premisa para desarrollar la trama de sus tres temporadas). Y lo acabamos de ver también en Portugal, ya veremos con que resultado. Es que, además, tenemos unos cuantos ejemplos en las autonomías de nuestro país: Cataluña, Cantabria, Galicia, Valencia…

No creo que el problema sea cómo se forma la mayoría parlamentaria que sostenga al Gobierno, esa es la clave del sistema parlamentario, como dice Gonzalo. Creo que la clave es para qué se forma esa mayoría parlamentaria. Ahí va a estar la clave y para forjar esa mayoría va a ser necesario reflexión, dimisiones, tiempo y trabajo.

Si no, al tiempo.

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