LA ECONOMÍA, ESTÚPIDO

“La economía, estúpido” fue el potro desbocado sobre el que cabalgó Bill Clinton para llegar a la Casa Blanca en 1992 derrotando al, aparentemente imbatible, George Bush padre, candidato a la reelección. Un mensaje sencillo, pero con trasfondo, que hizo fortuna y que se ha quedado en la memoria política colectiva.

En esos mismos primeros años 90, en España estábamos también en crisis. Económica de una parte. Política de la otra. Institucional, como tercera pata. La primera formaba parte del marco internacional con las particularidades de un sistema, el español, en pleno asentamiento tras la reconversión industrial de los 80. La segunda nacía de una afloramiento constante de casos de corrupción. Filesa, Naseiro, Juan Guerra, Gal,… Y la tercera, algo más difusa, tenía que ver con la década larga que llevaba en el Gobierno el Partido Socialista con Felipe González a la cabeza. Los movimientos empresariales y periodísticos para acabar con el ciclo felipista fueron intensos hasta llegar a la victoria del PP, ajustada, allá por 1996.

Pensar 2

Por entonces, la corrupción parecía el acabose y el sistema fue sometido a las pruebas de estrés más dura que imaginarse pueda. Casi increíbles, vistas desde la distancia de 20 años. Los ciudadanos vivíamos en un estado de cabreo permanente y buscábamos cualquier excusa para despotricar. Los más, hacían alegatos muy firmes contra los políticos, los vicios generados tras la (por entonces todavía) gloriosa transición y la necesaria regeneración.

Aquel caldo de cultivo dio lugar a un cierto ajetreo en el conjunto del sistema. Hubo limpia de políticos de una u otra forma. Algunos acabaron en la cárcel, como Roldan, Barrionuevo, Vera,… Otros tuvieron que dimitir, como Guerra, García Vargas, Albero, Asunción,… Y no pocos quedaron marcados de por vida. La estructura empresarial y financiera del país se vio seriamente tocada. Mariano Rubio, Mario Conde,… Hubo agitación en el panorama político. El CDS cerró su ciclo tras una década en la que aspiró a lo máximo, tocó poder y perdió las alas por acercarse demasiado al sol.

El sistema funcionó, se depuró, se regeneró. No fue necesaria ninguna catarsis ni refundación ni desmontaje. Sólo un poco de sentido común y el trabajo de todos. Sobre todo, evitamos adentrarnos en lo desconocido ya fuera por desesperación, por cabreo o por indignación. La sensatez hizo el resto.

Las etapas de crisis son propicias para aventuras más o menos inoportunas. La sensatez cotiza a la baja cuando la indignación se trufa de desesperación. Cuando todo parece perdido, todos somos más propensos a dejarnos llevar por caminos que no transitaríamos mientras somos capaces de realizar análisis serenos.

discussion

Desde hace meses percibo, como la mayoría de los españoles, un combinado de desesperación y de inquietud nada saludable. Unos con ganas de repartir mandobles, voto en mano. Otros aterrados porque el suelo se les mueve bajo los pies. Hablo de ciudadanos normales y corrientes, que nadie me malinterprete. También hay personajes de la vida pública con síntomas manifiestos de esa dualidad. Los unos con cierto vértigo por lo que parece venírseles encima. Los otros por la posibilidad, cierta en apariencia, de quedar marcados como los culpables de todo y fuera de lo que han manejado durante años con más o menos fortuna.

En algo parecen unos y otros coincidir desde lo más alejado de sus planteamientos. Todas las soluciones parecen pasar porque los ciudadanos participen, decidan, asuman el control. Como si las decisiones asamblearias y refrendarias evitasen los casos de corrupción, los errores de cálculo, las crisis económicas o las injusticias. Sé, por experiencia, que cuando la toma de decisiones se diluye en la indefinición del conjunto, nadie termina por asumir las consecuencias de esas decisiones. Al calor de la decisión colegiada se difumina el sentido de la responsabilidad. Nadie medita sus planteamientos suficientemente cuando cree que su opinión es una gota de agua en el océano, no más. Y lo peor es que no somos conscientes de esa realidad hasta que tenemos que encararnos con las consecuencias de nuestros actos.

Hoy, casi la mitad del censo de Cataluña ha acudido a participar en una consulta que no tiene refrendo ni validez de ningún tipo. Sin consecuencias legales o jurídicas, por lo tanto. Pero que sí que va a tener consecuencias políticas nos guste más o menos. Esta semana se cierra el periodo constituyente de una nueva fuerza política que amenaza con cambiar el equilibrio de poder en nuestro país con un único mensaje “hay que acabar con la casta” y con una estrategia bien definida y conducida, convertirse en la víctimas de las iras de unos partidos (los dos que han dominado los 40 años de nuestra democracia moderna) y de unos medios de comunicación (los de mayor difusión, por lo menos) que se sienten amenazados por los cambios que los dirigentes de la nueva formación pretenden mantener ocultos en la faltriquera hasta su llegada al poder.

think it about

Gritos, exabruptos, salidas de tono. Política de trinos inarmónicos. Mucha forma y poco fondo. Postureo, agitación, acción sin palabras pero con muchas voces.

Estamos a punto de entrar en el año 15 que va a ser más decisivo de lo que nadie imaginábamos tan sólo dos o tres meses atrás. Y me gustaría pensar que los análisis serenos empiecen a surgir más pronto que tarde. Primero en las cabezas de todos, de forma personal, discreta, silenciosa. Luego en las conversaciones de familia, durante la comida o la cena, en las conversaciones de fin de semana. Más tarde, en las charlas con los amigos o los compañeros de trabajo. Paralelamente, espero que la sensatez y la prudencia arraigue en nuestros políticos, en todos. Los que están y los que llegan. Los que son y los que serán.

Necesitamos menos tuits y más argumentos. Menos tertulias y más conversaciones. Menos acusaciones y más colaboración. Menos desconfianza y más confiar.

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