NOSTRADAMUS ELECTORAL

 Una digestión de 48 horas puede parecer demasiado reposada. Pero cuando hablamos de cuestiones de comunicación (o de política de comunicación) no se si es tiempo suficiente. Han pasado 36 horas desde el Debate entre Miguel Arias Cañete y Elena Valenciano y me siento impelido a volcar aquí algunas de mis opiniones al respecto. Sobre todo, porque me voy a atrever a hacer algún pronóstico y ya sabemos que los pronósticos a posteriori no sirven para nada, salvo que seas economista.
Leo a mi admirado Antoni Gutiérrez Rubí y tengo que releerlo para estar seguro de que, esta vez, discrepo de él cordialmente. Dice Antoni que “el debate ha estado marcado por la previsibilidad”. Yo creo que es todo lo contrario. No era previsible que el candidato del PP traicionase todas las expectativas como lo hizo. Una persona de verbo fácil, fluido y cercano no puede atarse a los papeles como lo hizo Miguel Arias Cañete el jueves. Unos equipos de campaña tan experimentados como los del PP y el PSOE no pueden caer, a estas alturas, en mostrar cuadritos parciales y plagados de medias verdades. Dos candidatos que tienen experiencia en lides europeas y que se han cansado de repetir que ésta es una campaña por y para Europa no pueden olvidarse de la Unión Europea durante casi 60 minutos.

Debate entre Miguel Arias Cañete y Elena Valenciano

Debate entre Miguel Arias Cañete y Elena Valenciano

No, querido Antoni, no fue un debate previsible. Lo único previsible del cara a cara fueron, a mi parecer, la baja audiencia (menos del 10% en La 1 de TVE, cerca del 13% si sumamos las diferentes cadenas que lo dieron en directo); el papel desempeñado por Elena Valenciano (más curtida en labores de agitación y desconcentración del adversario); y la importancia que tiene el post debate.

Sobre el primer punto, me limito a constatar los hechos. Es evidente que estamos ante un debate menor. Que no atrae a la audiencia en la misma proporción que el de unas generales. Pero aún así debemos felicitarnos por el hecho de que se haya celebrado. Ese español de cada diez que el jueves por la noche dedicó su prime time a saber que tenían que ofrecer los dos principales partidos merece todo mi reconocimiento. Sobre todo porque, a pesar del descontento que supuestamente tiene la sociedad hacia esta democracia y hacia nuestros políticos, mantenemos las audiencias de hace cinco años, por ejemplo. Y eso supone un rayo de esperanza. No todo está perdido.

Sobre el papel de Elena Valenciano me detendré un momento. Siempre me ha dado la impresión de que la número 2 del PSOE es una persona con un marcado perfil provocador. No lo digo en sentido crítico sino descriptivo. Tiene una habilidad muy valorada para desconcertar al adversario, para “pincharle” diríamos en lenguaje coloquial, y terminar poniendo una sonrisa como si nada hubiese pasado. Y el jueves explotó esas cualidades con gran habilidad. ¡Qué se lo pregunten a Cañete! Y que se lo echen en cara a sus asesores que no fueron capaces de preparar el debate con ese elemento clave de la comunicación de Valenciano.

Pero uno de los puntos que más me interesa es el del post debate. No se cuida suficiente en España este elemento que es clave en un acto como un cara a cara. Los partidos se empeñan en aislar a los candidatos en un laboratorio durante un par de horas y luego sacar a un portavoz local a cantar las bondades de su líder. Eso sí, filtran mensajes a los periodistas de las caravanas con la idea de que alguno de ellos fructifique.

Cuando la Academia de Televisión preparaba el Debate de 2011 entre Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy me atreví a proponer que hiciésemos una apuesta clara para que el post debate fuese un verdadero espectáculo político y televisivo en el mismo lugar del debate. Con todas las cadenas haciendo los especiales allí mismo. Con comentaristas de todos los partidos pasando de un set a otro. Con diputados de los dos partidos analizando cada uno de los elementos del debate. En resumen, haciendo del post debate algo tan importante o más que el propio debate. Parece que a los partidos les entró un poco de cangelo y ni lo contemplaron. Una lástima. Tal vez deberían echarle un ojo a la tercera temporada de El Ala Oeste de la Casa Blanca. Tal vez no.

En todo caso, el candidato del PP se ha bastado por si sólo para demostrar la importancia del post debate. Como no tenía bastante con haber metido la pata durante los 60 minutos del cara a cara,decidió ir a Espejo Público de Antena 3 a la mañana siguiente para rematar la faena.

Si yo tuviese algo que ver en la campaña del PSOE estaría tentado de retirarme y ahorrarme un buen puñado de billetes en esta campaña. Miguel Arias Cañete le está haciendo la campaña que necesitaba Elena Valenciano.

Y aquí entramos en la parte de pronóstico a la que me refería al principio. Según los datos del último barómetro del CIS, en intención directa de voto, el PP le sacaba una décima al PSOE (14’2 frente a 14’1). Tras ser tratados los datos, el mismo CIS le otorgaba una diferencia, en estimación de voto, que se elevaba hasta los 2’7 puntos (33’7 frente a 31’0). Teniendo en cuenta los márgenes de error y el tiempo que separa a la encuesta de las elecciones, empate técnico. Pese a todo, me atrevo a pronosticar que el debate del jueves y, sobre todo, el post debate que Arias Cañete (él solito) se ha montado, pueden apretar más esas cifras. La diferencia puede estar en menos de un punto, la menor nunca habida en una elecciones al Parlamento Europeo. Y ello puede dar lugar a un empate en el número de escaños entre el PP y el PSOE que hemos estado rozando en 2004 y en 2009 pero que nunca se ha dado.

Pepe Quílez, Julio Somoano, Manuel Campo Vidal y María Casado

Pepe Quílez, Julio Somoano, Manuel Campo Vidal y María Casado

Si ese es el caso, habría dos consecuencias políticas no menos: una, que Mariano Rajoy y el Gobierno tendría que emplearse más a fondo en el año largo que queda de legislatura para afrontar con garantías las elecciones generales del otoño de 2015. Y dos, que Alfredo Pérez Rubalcaba afrontaría con cierto margen el proceso de primarias que está anunciado para noviembre de este mismo año. Todo ello por obra y gracia de un Debate que a Miguel Arias Cañete no le hacía mucha gracia.

Conclusiones:

o   Un Debate es algo más que los 60 ó 90 minutos que los candidatos se cruzan argumentos ante las cámaras de televisión. Y con ello me permito contradecir a expertos con más experiencia que yo en este campo.

o   Preparar un Debate implica tanto preparar “nuestra” parte como la “parte del adversario” y eso no siempre se cuida.

o   Con calendarios electorales tan apretados como el que tenemos por delante en España, todo tiene relación y consecuencias y no podemos afrontar unos procesos separados de otros como si estuviésemos ante pruebas de laboratorio.

o   Los Debates han llegado para quedarse. Más vale que todos nos lo vayamos tomando en serio. Nuestra democracia será algo mejor.

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