CATALUÑA Y ESPAÑA

Hace 10 años el circunspecto, austero y tenaz Juan José Ibarretxe se presentó en el Congreso de los Diputados para un sacrificio que consideraba necesario. Había cumplido con rectitud los tiempos, ritmos y plazos que eran necesarios para lanzar la reforma del estatuto de Guernica, el único gran estatuto de una comunidad autónoma no reformado desde su aprobación en la transición. Aquello que ha pasado a la historia como el Plan Ibarretxe era un intento de cambiar la estructura del estado desde abajo y por la puerta de atrás. Pero el Lehendakari cumplió las normas y dio la cara para defender su proyecto. Incluso no puso objeción a compartir su apellido con el de ese proyecto que sabía condenado al fracaso.

 

Juan José Ibarretxe en el Congreso

Juan José Ibarretxe en el Congreso

Artur Mas lleva dos años emboscado tras una supuesta mayoría para tratar de salvar una carrera política que, si cumple su palabra, vive su recta final (el President de la Generalitat anunció, al presentarse a las elecciones de noviembre de 2012 que sería la última vez que encabezaría las listas de CiU). Artur Mas, que ganó un pulso de décadas por ser el delfín de Jordi Pujol, que supo resistir dos victorias electorales que le impidieron gobernar, que se rehízo de su particular travesía del desierto para devolver a su formación al Palau de la Generalitat, ese Artur Mas, vive sus momentos más oscuros y se le nota en el rictus triste de la cara.

 

Tal vez por eso, en un ejercicio a la desesperada, el Lehendakari aseguró que venía a Madrid “con la mano tendida, espero que no la desprecien”. No era un orador brillante Juan José Ibarretxe pero para el discurso de esa jornada tenía las palabras necesarias. Y las tenía bien interiorizadas. Incluso cuando amenazó con convocar un referéndum sobre su Plan si salía (como salió) rechazo del Congreso de los Diputados.

 

Sabe bien que, llegado el caso, no va a poder convocar el referéndum y sabe bien que el proceso que ha querido mantener siempre en los márgenes de la ley, la democracia y la lógica se le iría de las manos sólo con ir al almacén a buscar las urnas. Y sabe bien que su carrera política está ligada a ese proyecto y a ese objetivo. Que la gente tiene la memoria frágil y que el paso de los meses lo hace olvidar casi todo.

 

Lo de Ibarretxe era un plan casi personal, que no despertaba el entusiasmo personal ni siquiera entre las bases nacionalistas del PNV. Muchos dirigentes jetzales se sintieron aliviados tras el trámite de febrero de 2005, aunque eso terminase costándoles la Lehendakaritza y una legislatura lejos del poder. Las cosas han vuelto más o menos a su cauce.

Artur Mas en el Congreso con Manuela de Madre y Josep Lluis Carod Rovira

Artur Mas en el Congreso con Manuela de Madre y Josep Lluis Carod Rovira

 

Lo de Artur Mas, queda dicho, no es personal. Está lanzado por un colectivo nada desdeñable que piensa poco en la realidad, en el mañana y en las consecuencias. Son radicales (utópicos, pero radicales) que han encontrado en la crisis (económica, política y social) el caldo de cultivo perfecto para tratar de salirse con la suya sin tener un plan para el día después. No deja de sorprenderme que los mismos que tienen perfectamente diseñados los pasos que van a dar pase lo que pase hoy en el Congreso, calendario incluido, no hayan dedicado ni un segundo a pensar en lo que ocurriría ese hipotético día 1 de la Independencia.

 

Veamos, Ibarretxe convocó elecciones en cuanto volvió a Vitoria derrotado. Aguantó el tirón en esos comicios y pudo seguir gobernando. De hecho, sólo la exclusión de las formaciones pro-etarras de las elecciones permitió redefinir el panorama y dar las llaves de Ajuria Enea a un Lehendakari no nacionalista por primera vez en la historia. A Ibarretxe no lo derrotó su plan, cierto, ni las elecciones, cierto (obtuvo mejor resultado en 2009 que en 2005), ni sus rivales políticos. Pero lo cierto es que cayó derrotado.

 

Joan Saura, José Montilla y Josep Lluis Carod Rovira

Joan Saura, José Montilla y Josep Lluis Carod Rovira

Artur Mas supo o pudo arrebatarle un buen puñado de votos al tripartito de José Montilla para alcanzar la presidencia en 2010 después de dos intentos fallidos y frustrantes. Pero ese puñado de votos le ha durado un par de años. Los que tardó en convocar de nuevo elecciones, nadie entiende muy bien por qué. Quién le convencería de que aquella jugada iba a reforzarle. Quién le convencería de que él era Moisés. Quién le convencería de que había llegado el momento. El Parlament de Cataluña es hoy el más independentista de su historia. Posiblemente. Es el que cuenta con una mayor legitimidad democrática de los últimos 15 años. Sin duda (la tradicional baja participación en Cataluña subió 10 puntos en 2012). Y sin embargo, es el Parlament que menos ha sabido hacer con tanto margen de maniobra.

 

El PNV entendió perfectamente lo que ocurrió durante esa primera década del siglo XXI. Coquetear con los más radicales (dentro y fuera del partido) te puede dar cierta apariencia en determinados momentos pero al final corroe las estructuras. Como cuando te empeñas en pintar la fachada de tu casa pero no haces caso a la aluminosis que destruye la estructura del edificio. Ahora están dedicados, como casi siempre, a devolver la mejor estabilidad económica a Euskadi y sacarle el máximo provecho a las circunstancias. Sin renunciar, desde luego a sus ideales nacionalistas e independentistas, pero sin convertirlos en más de lo que son.

 

Cadena por la Independencia

Cadena por la Independencia

CiU todavía no ha aprendido esa lección. Y, desde luego, no la va a aprender hoy. Hoy toca sesión de victimismo. Mañana anuncio de los pasos a tomar. Todavía insistirán con el referéndum anunciado para el 9 de noviembre. Luego tendrá que convocar elecciones. Que tendrán un marcado carácter plebiscitario. En abril del año que viene una previsible declaración de independencia unilateral. Y en septiembre de ese mismo 2015 la aprobación de una supuesta constitución para la nueva Cataluña independiente. Bueno, ese es el calendario de la Assamblea Nacional Catalana (ese o uno muy parecido) pero no creo que se cumpla. De todos esos hitos, estoy seguro del no de esta tarde en el Congreso y de las elecciones autonómicas antes de un año.

 

Todo lo demás, tanto en hechos concretos como en plazos de ejecución, dependerá de lo que tarde Artur Mas en entender e interiorizar que su tiempo se ha acabado. Él solito lo ha malgastado en los cuatro años que debía haber durado su primera legislatura.

Lo que está claro es que, cerrado este capítulo, nos quedaremos con lo esencial: una buena parte de los vascos, de los catalanes y de algunos otros ciudadanos (me temo que cada vez más) necesitan/necesitamos una redefinición del marco general, de las reglas del juego y de las pautas que nos lleven hacia las próximas décadas. Y eso no puede esperar indefinidamente. Por más que de un lado tiren los que no se quieren mover ni para ir al baño y por el otro los que quieren darle una patada a la mesa para desparramar las piezas del puzle.

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