ADOLFO SUÁREZ

Pocas veces alguien ha dado tanto y ha recibido tan poco.

En realidad, Adolfo Suárez lo dio todo. Por España, por la democracia, por los españoles y por cambiar la historia de nuestro país. Y ni España, ni la democracia, ni la historia ni los españoles hemos sabido, querido o  podido ser recíprocos con él.

Estoy seguro de que su familia y sus amigos le reconfortaron en diversos momentos de su vida. No tengo tan claro que esos gestos fuesen suficientes.

Cuando alguien se vacía como Adolfo Suárez lo hizo el vacío que se genera es inmenso. En su interior y en su entorno, en primer lugar. Pero en su caso, el vacío nos alcanza a todos. Y muchos lo empezamos a notar cuando tuvo que desaparecer de la luz pública por causa de su enfermedad.

Mis rarezas particulares me llevan a darme cuenta de que es una de las caras que tengo más frescas desde mi más tierna infancia. Recuerdo su cara en aquella televisión que tenían mis padres en blanco y negro. Recuerdo que en mi casa siempre se hablaba de él con respeto y con admiración.

Adolfo Suárez en el Congreso de los Diputados

Adolfo Suárez en el Congreso de los Diputados

Hace sólo unas semanas volvía a hablar con mi padre de Suárez y de su tiempo y pensando que mi condición de periodista en Madrid me hacía poseedor de más información de la que llegaba a la periférica Coruña me preguntaba “¿cómo está?”. Los momentos particulares que vivíamos por entonces cargaban de sentido añadido esa pregunta. “No lo sé, papa. Mal, está mal.” En realidad, cruzaba por mi cabeza esa idea de que Adolfo estaba en un rincón propio de su cabeza. Un rincón al que sólo él tenía acceso.

Recientemente han salido al mercado diversos libros sobre su figura. Algunos tan bien fundamentados como el de Fernando Ónega que le conoció y le trató como pocos. Lectura obligatoria no sólo ahora que ha muerto sino siempre y en todo lugar.

No dejo de pensar que Suárez fue una persona con una indescriptible mala suerte. No tengo que remontarme a su trágica vida familiar que todos vivimos en primera persona. No me refiero sólo al hecho de la inmensa ingratitud con la que le azotamos hasta que se retiró definitivamente de la política a primeros de los 90. Pienso en los últimos días.

En la mala suerte que tuvo de escoger esta época para morirse. Con España sumida en una agitación que de ser consciente, Suárez sufriría de forma física. En la mala suerte que tuvo al poner epitafio a su vida en un fin de semana marcado por marchas llamadas por la dignidad que acaban con decenas de heridos (entre ciudadanos y policías). En la mala suerte que tuvo porque sus conciudadanos, como él, hemos perdido la memoria y no nos acordamos de todo lo bueno que hizo por nosotros y de todos los ejemplos que deberíamos revisar para aprender y aplicar en estos momentos.

Nos queda una semana para ir a ver la obra de teatro El Encuentro que versiona aquella histórica entrevista entre Adolfo Suárez y un todavía clandestino Santiago Carrillo. Tal vez sea buen momento de acudir a verla y sacar lecciones necesarias para todos.

Adolfo Suárez y Santiago Carrillo

Adolfo Suárez y Santiago Carrillo

Esta obra de teatro también me trae a la cabeza uno de esos “hechos biológicos inevitables”. La generación que hizo la transición se va muriendo. Ya son más muertos que vivos los padres de la Constitución (Jordi Solé Turá, Gregorio Peces Barba, Gabriel Cisneros, Manuel Fraga; José Pedro Pérez Llorca, Miquel Roca, Miguel Herrero). Ya son dos los presidentes que hemos perdido. Ya son muchas las figuras imprescindibles que como Santiago Carrillo o el propio Fraga brillan sólo por sus hechos y por su legado.

Ninguno, en ningún caso y en ninguna situación puede compararse con Adolfo Suárez. Nadie hizo más por España en menos tiempo y con más dificultades. Claro que se equivocó y cometió errores. ¡Claro que tiene oscuros! Sobre todo era un ser humano, aunque en determinados momentos pareciese un super héroe.

Hace unos años, recuerdo, preparábamos un reportaje pensando ya en el momento en el que llegase su muerte. Pepe Frutos (gran periodista y mejor persona) trabajó con el empeño de siempre y me acuerdo las mil conversaciones que tuvimos para darle forma a aquel documental. Que entrevistas hacer, sobre que elementos hacer hincapié, como ilustrar para televisión esa vida inmensa. Pepe culminó un trabajo sobresaliente. Como todos los suyos. El reportaje se emitió el pasado viernes. No lo vi. Pero sé que es de lo mejor que se ha emitido sobre Suárez en estos días.

No recuerdo si te lo dije en su momento, seguro que no. Pero creo de justicia hacerlo ahora. Gracias Pepe. Hiciste un trabajo espléndido. Fue un gusto trabajar contigo y sólo lamento que no pudieses disfrutar de su emisión como te mereces. Con todo, espero que te sintieses orgulloso del reportaje. Ya no se hacen cosas así.

Escribo estas líneas sólo una hora después de confirmarse la muerte de Suárez y, como periodista, lamento lo poco que he visto en las televisiones del país. No han estado a la altura. Adolfo Suárez no se merece el pobre ejercicio periodístico que está ofreciendo un medio al que tanto dio, al que tanto quiso y con el que tanto colaboró. Como tantas veces en los últimos años, me he refugiado en la radio. Tampoco la televisión le ha hecho justicia al Presidente del Gobierno.

Adolfo Suárez en su despacho del Palacio de La Moncloa

Adolfo Suárez en su despacho del Palacio de La Moncloa

Ha faltado soltura, conocimiento, brío y nervio. Hemos tenido 10 años para preparar estos días y no se han notado. Las televisiones se han llenado de improvisación, de desconocimiento, de datos inconexos. Hemos perdido la ocasión de devolver dignidad a la televisión. No hemos sabido. También aquí conviene la autocrítica.

No puedo presumir de haberte conocido, ni de haberte tratado. Sí conozco a algunas personas que tuvieron esa suerte y me causa mucha envidia cuando les oigo hablar de ti. Recuerdo un capítulo de El Ala Oeste de la Casa Blanca en el que un grupo de personas de primer nivel se ponen voluntariamente al servicio de un modesto Gobernador de New Hampshire para llevarlo al Despacho Oval porque creen en su capacidad para gobernar al país. Ojalá creyese en la reencarnación. Así podría creer que Adolfo Suárez se iba a reencarnar, más pronto que tarde, en el político que necesitamos.

Si así fuese, estaríamos salvados. España necesita a Adolfo Suárez en este momento. Y seríamos muchos los que nos pondríamos a su servicio para hacer todo lo necesario para devolver la ilusión y la osadía a este país. Presidente, ¡reencárnate!

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