POR QUÉ

Llevo unos meses dedicado a la lectura de novela negra, más o menos. Mucha de ella en español. He descubierto a gente como Arnaldur Indridason, un islandés de lo más interesante que sólo tiene una parte de su obra publicada en español. Pero con quién he disfrutado de verdad es con Jerónimo Tristante y con Dolores Redondo. Del primero espero con ilusión la serie de televisión basada en su personaje Víctor Ros. Aunque he leído otros libros suyos que me han resultado igualmente interesantes como  1969, El valle de las sombras o El rojo en el azul. De la segunda, me he bebido las dos primeras partes de la trilogía del Baztán y no veo el momento de que llegue el tercero. Me pasa como con Domingo Villar, de quién somos muchos quienes esperamos desde hace tiempo la tercera novela de Leo Caldas y de Estévez.

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Con todas estas lecturas he agudizado mi interés por esa pegunta que siempre he considerado la clave de casi todo. Por qué? Claro que cuando hablamos de crímenes y criminales es interesante el saber el quién. Y a ese juego nos prestamos casi todos los lectores. Pero a mi me llama más la atención el por qué. Creo que encierra muchas más claves esa pregunta y su respuesta que todas las demás.

Como persona dedicada a juntar letras que soy, plumilla para otros muchos, de todas las preguntas que nos enseñan en la facultad de periodismo, también es por qué la que más me ha interesado siempre. Tal vez por eso, siempre he sido un poco más rebuscado, un poco más encapsulado y un poco menos comunicativo que la mayoría de mis compañeros y amigos. Y he de decir que la mayoría de las veces, el descubrir ese por qué me ha resultado imposible y casi siempre insatisfactorio. Las más de las veces, esa pregunta y sus posibles respuestas pasan a uno de mis cuadernos (físicos, casi siempre, virtuales, con creciente asiduidad de unos años a esta parte) para futuros e infructuosas relecturas.

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En las últimas semanas he anotado esta misma pregunta en relación con un tema de razonable actualidad política y periodística. Por qué hay tanta gente empeñada en destacar los aspectos negativos de los gobiernos constituidos en base a una mayoría absoluta. Más sencillo aún, por qué hay  cada vez más gente destacando y enumerando los aspectos negativos de las mayorías absolutas.

Como tantas veces, no tengo una respuesta cerrada. Indudablemente, tengo algunas hipótesis. Y alguna voy a compartirlas, pero las veo muy lejos de constituir una respuesta razonablemente armada.

La espectacular victoria de Angela Merkel en septiembre creo que tiene mucho que ver. La canciller que llegó del otro lado del muro y que supo esperar su momento lograba el 22 de septiembre del año pasado el mejor del último medio siglo. Muy cerca de una mayoría absoluta que sólo se ha visto, en la Alemania moderna, en 1957 de la mano del mítico Konrad Adenauer.

Y, pese a todo, Merkel tuvo que esperar semanas para ser investida y para poder formar su tercer gobierno. No es ninguna novedad que sea un gobierno de coalición. Ni siquiera que lo sea de gran coalición (CDU-CSU-SPD). Es el tercero tras la Segunda Guerra Mundial y el segundo de su carrera como canciller. Con eso está todo dicho. Pero da la impresión de que podría ser el último. No porque sea el tercer mandato (en Alemania no tienen complejos ni mala conciencia con estas cosas) sino porque Merkel ha tenido que hacer muchas concesiones y en cuestiones clave  para Alemania y para la Unión Europea.

Sus enemigos en Bruselas se están relamiendo al olor de la sangre fresca ante la perspectiva de poder hincarle el diente a la que ha sido el ama de llaves durante esta segunda fase de la crisis, con la más férrea defensa de las esencias que se recuerda. Ahora tiene que modificar y adaptar de forma consistente y concluyente su discurso. Veremos como se desarrollan los próximos meses y las próximas cumbres europeas. La de marzo va a ser de lo más entretenida, ya veréis.

Angela Merkel

Angela Merkel

Pero si miramos al caso español, esta repentina animadversión hacia las mayorías absolutas tiene otros elementos. En 11 legislaturas, 10 si contamos sólo las constitucionales, hemos tenido 5 mayorías absolutas (1982, 1986, 1989, 2000 y 2011). O sea, la mitad. De ellas, 3 las ha tenido el PSOE y las otras dos el PP. O sea, casi al 50 por ciento. Todos los candidatos a presidente, al menos todos os que han tenido posibilidades reales de formar gobierno, han reclamado siempre mayorías suficientes para gobernar. Eufemismo que todos traducen para sus adentros por mayoría absoluta (para poder gobernar como me dé la gana).

Por qué, entonces, surgen tantas reticencias hacia las mayorías absolutas.

Es cierto que Adolfo Suárez dio lugar a la España en la que vivimos gobernando en minoría, pero eran momentos absolutamente excepcionales, con unas necesidades que nada tienen que ver con lo que hoy nos rodea. No es menos cierto que, 20 años después, hasta los más acerados críticos de José María Aznar le reconocen que su primera legislatura supuso un impulso clave para España después de casi 14 años de gobiernos de Felipe González. Y no es menos cierto que los gobiernos en minoría del propio González (1993) y de Zapatero (2004 y 2008) son vistos con más reparos. El primero porque coincidió con el gran reventón de todos los casos de corrupción y guerra sucia y los segundos, probablemente, porque están demasiado cercanos en el tiempo todavía.

Insisto, por qué surgen tantas reticencias hacia las mayorías absolutas.

Me atrevo a asegurar que, en parte, es porque es muy difícil gestionarlas bien.

La de 1982 era tan absoluta, tan hegemónica, que era casi imposible hacerlo bien. Además, las circunstancias eran tan particulares (tras el intento de golpe de estado, después de 40 años de dictadura y 7 de transición tan pacífica como acelerada y con un equipo dirigente sin experiencia real de gestión) que es realmente milagroso que no pasasen más cosas y que se le pudiese sacar tanto partido.

La de 2000 era una demostración tan grande de confianza, después de los buenos datos económicos de la legislatura anterior, que era muy difícil que los que la gestionaron no se creyesen por encima del bien y del mal. En todo caso, ambas me valen para preguntarme, por qué no hemos aprendido todos (los políticos y los ciudadanos) de esas experiencias.

Cuando piensos en situaciones como estas siempre me acuerdo de esa figura existente en el Imperio Romano que iba subido al carro del César en sus desfiles triunfales sosteniéndole la corona de laurel. Aunque su verdadero propósito era repetirle al oído “eres humano, recuerda que eres humano”. Era necesario para que tantos elogios y vítores no se le subiesen a la cabeza al César y para evitar que se le nublase el juicio.

Los laureles del César. René Goscinny y Albert Uderzo.

Los laureles del César. René Goscinny y Albert Uderzo.

La perdurabilidad del Imperio Romano, sus éxitos y su legado no pueden llevarnos a pensar que la tal figura tuviese demasiado valor. Sobre todo si repasamos la historia de los emperadores romanos. Más bien cumplían su función, aunque la tal función fuese perfectamente superflua. Pero como lo interesante es aprender siempre de los errores para mejorar en el futuro no repitiéndolos, siempre he pensado que esa figura debería adaptarse, en nuestros tiempos, en forma de esas personas que rodean a los dirigentes (políticos o no) para decirles lo que no quieren oír. Lo que resulta más difícil decir.

Igual que todo dirigente necesita gente en la que delegar, gente en la que confiar ciegamente, gente en la que depositar tareas como si las hiciese él mismo. Igual que todo dirigente precisa gente a su alrededor que le dé consejos sobre material concretas, o complejas, o específicas. Exactamente igual, es imprescindible que todos los que tengan que tomar decisiones tenga a su alrededor, bien cerquita, gente que les lleve la contraria. Gente que tenga una visión o un argumentario radicalmente contrario. Gente con al suficiente habilidad como para plantearle argumentos y razones totalmente diferentes a las del resto del equipo. Y eso no ocurre, desgraciadamente.

No soy yo la persona ni es este el momento de glosar la figura de Abraham Lincoln ni juzgar si su presidencia es o no la mejor de la historia de los Estados Unidos, pero al hilo de las múltiples citas surgidas en los últimos años sobre el decimosexto presidente de los Estados Unidos creo que es oportuno recordar su apuesta por integrar las distintas visiones de la política y del país. Esa realidad que con tanto acierto retrató Doris Kearns Goodwin en Team of Rivals.

En el caso de la España actual y del Gobierno de Mariano Rajoy, se trata de un elemento perfectamente trasplantable. Y especialmente relevante si hablamos de la comunicación. Tanto del Gobierno en su conjunto, como de cada uno de los ministerios y, muy especialmente, del Presidente del Gobierno. Ya son muchas las versiones diferentes que me han llegado sobre una misma realidad (a la que ya he hecho referencia en otros momentos en este mismo cuaderno). No sólo es que el Gobierno y el Presidente tengan un problema de comunicación. Es que el Presidente no tiene ninguna intención de cambiar su forma de actuar al respecto.

La Secretaria de Estado de Comunicación, me consta, busca opiniones diversas fuera del círculo más estrecho y trata de llevar argumentos a su jefe. Pero la propia Carmen Martínez Castro se queja, me consta, de que Mariano Rajoy no quiere saber nada al respecto. No se deja guiar en este aspecto porque cree tener claro qué tiene que hacer y cómo. Entre otras cosas, lleva 30 años de política, 10 de máximo dirigente popular y 11 en el Gobierno con esos principios y no le ha ido mal del todo, debe de pensar.

Pero se equivoca.

Hay muchas cosas que se pueden y se tienen que hacer de otra forma en la comunicación del Gobierno. Y esas cosas no tienen porque interferir en la acción del Gobierno. Muy al contrario, serían un apoyo fundamental para ella. Cuanto más tarde en aplicarse, peor para el Gobierno y peor para el país. Y si no se aplican…

El otro día, en una charla entre amigos, todos periodistas, comentábamos que es curioso que los que llegan a Presidente no reproducen en el Gobierno los mismo equipos que tenían en la oposición, salvo en el caso de la Comunicación. Tanto Aznar, como Zapatero y Rajoy  arrancaron sus respectivos mandatos con los mismos equipos de comunicación que tenían en la oposición. Sin darse cuenta de que lo que haces en la oposición no es ni puede ser lo mismo que haces y dices en el Gobierno.

Normalmente, se dan cuenta en cuestión de un par de años y en ese ecuador de la legislatura reorientan el tiro. No digo que acierten con el cambio, pero cambian. Desconozco si Mariano Rajoy está preparando un cambio en este sentido. Aunque estoy casi seguro de que no está entre sus planes. Mal si no acierta con el cambio, en el caso de que lo haga, pero peor, si no cambia.

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