WERT, EL PUNCHIMBOL

A José Ignacio Wert deberíamos bautizarlo como el ministro incomprendido. Alguien que como él es capaz de abandonar una exitosa y prestigiosa carrera profesional para convertirse en el punchimbol de España entera merece un reconocimiento. Máxime, en las actuales condiciones. Pensemos, aunque sólo sea por un momento, que Wert se ha echado sobre sus espaldas nada menos que tres ministerios (Educación, Cultura y Deportes), con el loable propósito de reducir la estructura gubernamental. Y en los tres ha sido capaz de dar la cara.

Ha sido capaz de mantener el buen nivel de los resultados deportivos españoles a nivel internacional aunque los haya vestido con aquella bochornosa equipación de los Juegos olímpicos de Londres y sin sombra de dopaje… que se sepa.

Ha sido capaz de mantenerse en la moderación mientras que compañeros suyos de gabinete arremetían contra los vagos y carentes de talento de la cultura nacional. Ha tenido que suspender muy pocos actos públicos ante la amenaza de pitadas y ha sido capaz de no cambiar el gesto cuando los discursos se volvían dagas en actos que le tocaba presidir o co-presidir.

Jose Ignacio Wert. EFE vía El Periódico de Cataluña

Jose Ignacio Wert. EFE vía El Periódico de Cataluña

Wert ha tenido la habilidad de poner de acuerdo a todos los partidos del espectro nacional español y ha conseguido reforzar dicha unanimidad con cada nueva decisión. Es el ministro con más capacidad de monólogo de la democracia. Pero no por que el quiera sino porque no tiene con quién dialogar. Nadie acepta sus reiteradas invitaciones para sentarse a hablar.

 

A José Ignacio Wert también podríamos llamarle el ministro récord. Nadie, ni siquiera Fernando Morán, fue tan rápido en generar las chanzas de la clase política y de la sociedad en su conjunto. Nadie, ni siquiera Carlos Solchaga, Ángeles González-Sinde o María Antonia Trujillo, han sido peor valorados por los ciudadanos en los sucesivos barómetros del CIS. Nadie, en definitiva ha sido capaz de jugarse todo su caudal político a la única carta de una Ley que nace muerta, sin presupuesto, sin visos de aplicarse nunca.

Pero hay dos cosas que me impacta sobremanera del Ministro Wert. Una es su capacidad para encontrar siempre la palabra, el término, la expresión que le va a dejar en la situación más difícil. La otra es esa capacidad suya para mantener siempre el mismo gesto positivo, casi sonriente, un punto desafiante, por muy duro que sea el temporal. Podría añadir la capacidad que tiene para decir una cosa y la contraria en la misma frase, en ambos casos de una forma extraordinariamente razonada, pero supongo que eso es fruto de todo lo demás.

Pese a todo, el ministro Wert es un maestro en el nuevo proceso de preparación y educación de la sociedad española y no estamos valorándolo en su justa medida. El ministro Wert nos indica cada día como hay que hacer las cosas para mejorar. Fíjense, las cosas hay que hacerlas bien, pensándolas, evaluándolas y sin improvisar. Las soluciones deben ser siempre superiores al problema que tratan de resolver. Más importante que hablar y actuar es escuchar, observar y reflexionar.

Cuando los indicadores son malos (el Informe Pisa, por ejemplo) hay que rectificar y entender lo que esos datos nos quieren decir (el CIS acaba de darle un 1’46 de valoración). Cuando los suspensos son continuos, reiterados, contumaces, está claro que no nos estamos esforzando lo suficiente, que no estamos poniendo de nuestra parte todo lo que deberíamos poner (el ministro es incansable y siempre se esfuerza más). Cuando nadie quiere escucharte, la solución no pasa por callarte. Es necesario que busques otras vías para llegar a tu interlocutor, otras fórmulas para llegar a entablar la comunicación (el ministro no renuncia nunca).

 

Jose Ignacio Wert. EFE vía As

Jose Ignacio Wert. EFE vía As

Por todo ello, considero que José Ignacio Wert es el gran incomprendido de este Gobierno y de esta Legislatura. El gran incomprendido a pesar de ser el hombre récord. Está definitivamente atado a esa condición de punchimbol y se deja hacer sin el menor gesto de desánimo o de queja. ¡Qué loable tanta generosidad!

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