DOCTRINA PAROT

Recuerdo cuando el término Parot era sinónimo de miedo, de terror, de auténtico pánico. Eran los años 80 cuándo este francés, incorporado al carro de los asesinos de ETA sembraba la muerte más dolorosa por toda España. Su comando itinerante actuaba en cualquier punto de la península, con total impunidad. Normalmente con coches bomba que dejaban muertos, heridos y destrozos a los que nos habíamos casi habituado.

Como todos, aquel Parot, Henry Parot, también fue detenido, encarcelado, procesado, juzgado y condenado. Y, una vez entre rejas, su nombre y su comportamiento dejó de ser un problema para los españoles aunque su nombre seguía poniendo la carne de gallina a sus víctimas, a los familiares de sus víctimas y a muchos miles de españoles que seguían viviendo con miedo.

Dos décadas después, el mismo término Parot se convirtió en sinónimo de esperanza. Nacía la Doctriba Parot, alumbrada el 28 de febrero de 2006 por la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo. Una sentencia que devolvía cierta calma a buena parte de la sociedad después de que hubiesen saltado todas las alarmas con la inminente salida de prisión de una colección de asesinos realmente espeluznante.

Fuimos muchos los que aquellos días tuvimos la sensación de que la sociedad española había logrado una prórroga de tranquilidad. 7, 8, 10 años más, en el mejor de los casos. Una prórroga que llegaba, éramos conscientes todos, forzando la máquina hasta el límite, si no más allá. Pero el caso de esta panda de asesinos múltiples bien lo merecía.

Pensemos sólo por un instante que las sucesivas sentencias a esta gentuza eran acogidas con cierta satisfacción. 100, 200, 500, 1.000 años de prisión para gente que había matado, mutilado y asustado a buena parte de los españoles sin miramientos y sin piedad eran vistos como si de verdad fuesen a pasar todos esos años en la cárcel. En el peor de los casos, daba la sensación de que no iban a salir nunca de la cárcel. Bueno, cuando lo pensabas un poco decías, si, vale, van a salir. Pero dentro de 20 ó 30 años. Cuando tengan  50, 60 o más años. Cuando sean ancianos y ya no sean una amenaza.

Pero no. Pasaron esos 20 años (más o menos) y llegaba el momento de que fuesen puestos en libertad. Y la sensación general era de insatisfacción. No había sido suficiente. La condena había pasado muy rápido. Demasiado. Y no existía ninguna garantía de que no fuesen a matar de nuevo. Había precedentes suficientes como para no dormir tranquilos. Algo había que hacer y se hizo.

Pero se hizo retorciendo la legalidad. Cada vez que desde ese 28 de febrero de 2006 se presentaba un recurso ante el Tribunal Constitucional todos nos temíamos que la Doctrina Parot podía desaparecer. De hecho, en varios casos, fue declarada nula su aplicación. Los menos, es cierto, pero el Constitucional amparó, por ejemplo, a José María Pérez Díaz, condenado a 197 años de prisión, el 29 de marzo de 2012. Y a Juan María Igarataundi Peñagaricano, condenado a 131 años de prisión, el mismo día.

La razón para este amparo, como explicaba el profesor Tajadura sólo un par de días después, era sencilla. En estos casos, los presos tenían ya una liquidación de condena firme. Una liquidación que había pasado a formar parte del patrimonio intangible del penado y de la que, por tanto, no podían ser despojados sin violar sus derechos constitucionales. Sin embargo, en otros 24 casos (en aquel abril de 2012) el Tribunal Constitucional había denegado el amparo dando toda la legitimidad a la Doctrina Parot. Muchos respiramos y pensamos que teníamos otra prórroga.

Pero la cadena judicial tenía más eslabones y en el caso del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo (TEDH) las cosas se iban a poner feas desde el principio. Y tenemos que poner por delante que no vale acatar y respetar las sentencias dependiendo de lo bien o mal que nos vienen. Y no vale agarrarse a las instituciones europeas en función de si nos dan la razón o no. Por cierto, el TEDH no forma parte del entramado de la UE sino del entramado del Consejo de Europa, dicho sea para aclararle las cosas a alguno que primero habla y opina, luego (a lo mejor) lee y sólo entonces, si tiene tiempo y paciencia, piensa.

La primera resolución del TEDH ya era contraria a la Doctrina Parot, pero España recurrió y ahora, la sentencia definitiva de la Gran Sala, nos ha dejado fríos. Dicen los magistrados del TEDH que la Doctrina Parot no es de aplicación a Inés del Río y que por lo tanto tienen que ser puesta en libertad porque desde el 3 de julio de 2008 se están violando sus derechos por mantenerla entre rejas.

 

Y es aquí donde me gustaría hacer algunas observaciones:

 

1.- Lo que dice el TEDH se refiere a  Inés del Río. En el mejor de los casos, sienta jurisprudencia para terroristas que, como ella, fueron juzgados por el Código Penal de 1973 pero no quiere ello decir que se haya derogado la Doctrina Parot. Igual que no quedó derogada cuando el TC no la consideró de aplicación para algunos etarras que ya llevan años en la calle.

 

2.- Es cierto que en los próximos meses vamos a ver salir de prisión a muchos asesinos. A muchos que nunca hubiésemos querido ver de nuevo en la calle, pero no es menos cierto que han estado otros 6 o 7 años presos. Y esa pequeña prórroga nos ha sentado muy bien a todos, incluida a la democracia española. A todos menos a ellos.

 

3.- Estoy completamente de acuerdo con Ángeles Pedraza cada vez que dice que los asesinos etarras tienen que pasar en la cárcel toda la condena. Ni un día más, pero tampoco un día menos. La cuestión es que los días que tienen que pasar en prisión no lo decido yo, por suerte para ellos, si no los jueces, la administración penitenciaria y las leyes correspondientes y de aplicación en cada caso. Y eso es lo que también ha pasado ahora, por poco o nada que a mi me guste.

 

4.- Nosotros no somos como ellos. Claro que los asesinos de ETA han hecho mucho daño, han causado mucho dolor y han dejado unas secuelas irrecuperables en las personas y en la sociedad. Claro que van a tener que pasar, al menos una generación en paz para que podamos cerrar heridas. Pero nosotros no somos como ellos. La democracia no busca venganza. Aplica la ley y es aquí donde tenemos que lamentarnos de que los políticos no se hubiesen puesto de acuerdo antes para aprobar un nuevo Código Penal (22 años tuvieron que pasar). Tenemos que lamentarnos de que los jueces no hubiesen pensado antes en como mantener todo lo posible tras las rejas a esta chusma. Tenemos que lamentarnos de que las sentencias de la Audiencia Nacional tengan ese punto ficticio de hablar de 3.000 años de condena cuando todos sabemos que no se van a cumplir más de 20 ó 25.

De todo eso tenemos que lamentarnos. Pero no de lo que ahora ha resuelto el TEDH. Esta sentencia es parte del sistema, nos guste mucho, poco o nada. Y no podemos buscarle tres pies al gato.

 

Me he acordado mil veces de la primera entrevista que le hice, hace casi 20 años a la fundadora de la AVT, Ana María Vidal Abarca. Espero no traicionar su confianza de entonces con este escrito, pero creo que es el momento de contarlo. En aquel momento, las víctimas no son lo que son ahora. Comenzaban a sacar la cabeza gracias al trabajo increíble de esta mujer menuda. Pero les costaba. Y yo, joven periodista, fui a hacerle una entrevista a su casa.

A la segunda o tercera pregunta, a Ana María se le saltaron las lágrimas y me pidió parar. Y paramos. Aquellas imágenes, aquellos segundos, nunca se utilizaron en el reportaje que preparé. Cuando se hubo repuesto, charlamos un poco antes de volver a la entrevista y Ana María, viuda del Comandante de Caballería Jesús Velasco (asesinado el 10 de enero de 1980 en Vitoria),  me dijo, “claro que se que esta gente va a salir de prisión. Y claro que se que me los puedo encontrar por la calle en algún momento. Pero quiero que sea lo más tarde posible. Voy a luchar para que sea lo más tarde posible”.

Sus palabras han seguido en mi cabeza desde entonces. Y me parece que son una muestra perfecta del espíritu con el que las víctimas del terrorismo comenzaron a organizarse, a hacerse valer, a tomar su sitio en esta sociedad nuestra que durante demasiados años las había ignorado.

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