EL MAR Y YO

Adoro el mar. Una de las peores cosas que tiene vivir tierra adentro es que estás lejos del mar. De cualquier mar.

Durante años he utilizado las visitas a La Coruña de mi infancia para cargar las pilas. Cogía el coche de mis padres y me iba a dar una vuelta por los pueblos de la costa. Con un poco de música, la ventanilla un poco abierta y la soledad por compañía volvía a ser yo mismo.

Tenía tiempo de pensar en muchas cosas. Y solía volver con las ideas más claras.

Puerto Deportivo de La Coruña

Puerto Deportivo de La Coruña. Foto Val

Otras veces me iba directamente al dique de abrigo de La Coruña. Con el puerto deportivo a la espalda y el mar de la ría, casi mar abierto, de frente. Si podía ser a la puesta de sol o ya de noche (en esas noches de otoño-invierno) con el mar un poquito agitado, mucho mejor. Casi siempre me sentaba en lo alto del dique y percibía el azote del mar con los cinco sentidos. Lo oía, lo veía, lo olía, lo sentía y casi lo probaba, porque las olas terminaban en mi cara y en mi boca tras romper contra las rocas.

Pocas cosas hay comparables a esa sensación. Al menos para mi.

¡Cuántas veces aclaré mis ideas, mis dudas, mis preocupaciones ante ese Atlántico incipiente que mi mirada sólo podía atisbar en una ínfima proporción!

Costa de La Coruña

Costa de La Coruña. Foto Val

Desgraciadamente soy amante del mar desde la distancia. Desde tierra firme. Siempre que he puesto un pie en un barco he terminado mareado, en el mejor de los casos; vomitando, las más de las veces; o con un mal cuerpo para todo el día, en las peores ocasiones.

Se ve que el mar y yo hemos nacido para querernos en la distancia. Como esos amores imposibles que siempre añoras y que nunca pasarán de ser platónicos.

Siempre he visto, además, al mar como ese complemento perfecto para mi. Siempre hasta que esta mañana he leído a Lorenzo Silva y, como casi siempre, Lorenzo me ha hecho pensar.

Por primera vez he visto el mar, metafóricamente hablando, no como ese ideal que conservo en mi cabeza desde mi exilio capitalino sino como una fosa común. No es que fuese la primera vez que leía noticias sobre naufragios, pateras sin destino o cuerpos rescatados de la inmensidad azul. Para nada. Pero en las palabras de Lorenzo me ha sonado todo diferente.

He sido consciente de que tanta belleza también tiene su lado oscuro.

Riazor con la Torre de Hércules

Riazor con la Torre de Hércules. Foto Val

Es evidente que durante mis años de adolescencia en Galicia he conocido a muchas familias que han perdido a seres queridos en el mar. Buena parte de mis compañeros de colegio provenían de pueblos de la Costa de la Muerte y algunos de ellos habían perdido a un padre, a un hermano, a un tío, a un abuelo,… a alguien en esa labor tremenda que es la pesca.

Mil veces he visto a mujeres de negro trabajando en las lonjas, bien cerca del mar, con esa resignación tan propia de las mujeres y de los gallegos. Manipulando el fruto del mar en el que habían perdido parte de sus vidas. Calladas, silenciosas, sometidas a su destino. Y he visto a gentes del mar preparando sus barcos o recogiéndolos, después de una travesía más o menos larga, sin proferir ni una queja contra ese mar que les da de comer a costa de un precio en vidas inusualmente alto.

Lo he visto muchas veces y lo conozco de sobra. Pero el texto de Lorenzo Silva me lo ha puesto delante de los ojos de otra forma. Puedes pensar que soy bien tonto o bien corto o las dos cosas. Pero así es.

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He visto, de repente, al mar como un gran cementerio, como un camposanto ante el que todos preferimos darnos media vuelta salvo que vayamos de turismo a buscar alguna tumba de alguna celebridad. He visto el mar con otros ojos.

No tengo ni idea de cuando voy a ver de nuevo el mar. Estoy seguro de que lo buscaré con el mismo anhelo de siempre pero no se cuál será mi reacción. Y, mucho menos, no tengo ni idea de qué es lo que me dirá el mar. Tal vez me acuse de haber cambiado, de no ser el mismo, de mirarle con otros ojos. Seguro que tiene razón. Tal vez me diga que lo nuestro es imposible, que es mejor que sigamos cada uno nuestro camino, que no estamos hechos el uno para el otro. Y seguro que tiene razón.

Pero son demasiados años de una relación intensa. Intermitente, es verdad, pero intensa. Fructífera, al menos para mi. Son demasiados años para buscarme un nuevo compañero, un nuevo confesor. Pero no se si voy a poder mirarle a la cara de nuevo y saludarlo como siempre y contarle mis cosas.

Lorenzo Silva me ha cambiado la mirada y eso suele ser difícil de asimilar y de incorporar a nuestra vida como si nada hubiese pasado. Estoy deseando volver a la orilla y ver que pasa, porque nunca he estado ante el mar y todo su contenido.

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