DOS BUENAS PERSONAS

No conozco los casos concretos de otros aficionados al cine, pero sí puedo hablar del mío en particular. Yo descubrí las películas en la televisión. La culpa la tuvo aquella televisión española (única en sus dos canales) que todavía alternaba las emisiones en blanco y negro y en color en la frontera entre los 70 y los 80. Por entonces había un amplio catálogo de alternativas.

Arsénico por compasión

Arsénico por compasión

Las mañanas de los sábados tras La Bola de Cristal. En aquella Cuarta Parte donde podías encontrarte con Arsénico por compasión, o con Atrápame a ese fantasma, o con otras joyas que te introducían en esa forma de contar historias. Los mismos sábados, pero a última hora, te encontrabas con  Sábado Noche. Una obra maestra tras otra. Los ciclos que trufaban la semana te descubrían a actores, actrices y directores en su evolución casi completa. Y géneros, desde luego. Y los viernes te encontrabas con una ventana diferente, donde el cine entraba en contacto con la actualidad. Aquella Clave de Balbín y Pumares que tantas veces citamos los nostálgicos (no te pierdas el cuaderno de Albelda, pellizcos del mejor cine donde siempre encontrarás alguna referencia que merece la pena).

Descubrí el cine en la televisión, decía, y en mi inocencia pensé que ese era su estado natural. Las películas habían nacido, según mi escala de valores, para la televisión. Para verlas sentado en el suelo del salón de mis padres o en la butaca que componía buena parte de mi mundo, por entonces. Así fui apasionándome por eso de las imágenes en movimiento. Así y escuchando a mi madre hablar de películas y de esos cines donde, según ella, se veían antes las películas. En salas oscuras. Sin hablar con quién tenías al lado. Lejos de casa.

Aquellas charlas con la jefa tenían algo de gafe. Bendito gafe, la verdad. Solía ocurrir que cuando me hablaba de una peli o de un actor, no pasaban demasiados días antes de que TVE la proyectase. Tanto es así que llegué a pensar que mi madre tenía mano en lo que echaban por la tele. Un poco después, a mediados de los 80, llegó a mi casa un vhs con un centenar de películas bajo el brazo y unos bonos para el videoclub. Y ahí se desató la cosa. Fueron dos o tres veranos en los que me tragué de tres a cuatro películas diarias. Muchas de ellas de madrugada, cuando mi casa y mi ciudad se quedaban en silencio. Y ahí empecé a descubrir la magia de la oscuridad para ver películas.

Sala de cine

Sala de cine

Empecé a entender que eso de las salas de cine podía tener un sentido y empecé a visitarlas. Saliendo de la década de los 80, o entrando en la de los 90, como prefieras, me vine a Madrid y me encontré con un grupo de compañeros de clase que sangraban por la misma herida. Uno de ellos, quizás el qué más, el antes citado. Con él me hice habitual de las salas. Con él me habitué a que el hábitat natural del cine es la sala oscura y la pantalla grande y con él descubrí mil directores y mil cintas de las que nunca había oído hablar. Bien es cierto que muchas de ellas no hubiese pasado nada por no haberlas conocido nunca.

Y fue por entonces cuando empecé a ser consciente de que todas aquellas películas que yo había conocido a través de la televisión, habían tenido su momento sala de cine. Habían sido estrenadas y proyectadas en cuartos oscuros. Y fui consciente de que ya no tendría ocasión de vivir ese momento. He pensado estos días en esta disfunción a cuenta de dos fallecimientos que han dañado al cine para siempre. Uno, el de Alfredo Landa. Otro, el de Constantino Romero.

Alfredo Landa en Atraco a las tres

Alfredo Landa en Atraco a las tres

Si no me falla la memoria, que todo es posible, sólo he visto una película de Landa en el cine. Y, desde luego, Canción de cuna no es la película del navarro que más huella ha dejado en mi memoria. A ese señor bajito lo descubrí primero en títulos de esos que se consideran menores. Esos que dieron forma a lo que luego se etiquetó despectivamente como landismo. Vente a Alemania, Pepe, No desearás al vecino del quinto, Cateto a babor, Que vienen las suecas,… Más tarde me encontré que el tal Alfredo había comenzado en cintas de enorme mérito como Atraco a las tres y que se había introducido en una carrera diferente con El crack, El crack 2, Las verdes praderas, Los santos inocentes, El bosque animado,…

Inevitablemente se convirtió en uno de mis actores favoritos. Desde luego, entre los mejores del cine español junto a los también desaparecidos José Luis López Vázquez, o Fernando Fernán-Gómez. Y lo que más rabia me daba, cuando pensaba en ello, era que no podría ver ninguna cinta de ese nivel en una sala de cine. Tal vez por eso me empeñaba en repetir visionados en mi casa. Una y otra vez. Como para intentar compensar esa deficiencia.

Pero pienso, también, que ese era parte del valor de Landa y de esas otras personas españolas del mundo del cine. La de ser, sobre todo, personajes ligados al cine en televisión. Una característica que les hace más cercanos a todos nosotros. Son uno más de la familia que convive en la casa. Gente que lo mismo te puedes encontrar en la tele o en el pasillo, volviendo de hacer un pis. Gente cercana. Llena de talento, pero cercana.

Constantino Romero en El tiempo es oro

Constantino Romero en El tiempo es oro

Algo parecido ocurre con Constantino Romero. En su caso lo descubrí aquellas tardes noches de domingo, en el uhf, en la hora y media que duraba aquel El tiempo es oro que se convirtió en uno de los concursos de referencia para muchos. Y tardé años en darme cuenta que aquel señor amable, correcto hasta el extremo, educado como pocos, tenía una característica física que le hacía único. Fue un día, viendo una película en esa misma televisión, protagonizada por Clint Eastwood. Algo hizo clic en mi cabeza. “Esa voz me suena”, pensé. Y tanto que me sonaba. Era la de Constantino Romero.

He de reconocer que siempre he sido un defensor del doblaje en español. Ahora me arrepiento un poco porque pienso que con más versión original, mi inglés no sería el informe intento que lleva siendo desde hace 30 años. Pero el doblaje español es una industria potente y ejemplar. Y Constantino, una de sus cumbres, si no el mismísimo Everest de la cuestión.

Luego, ya fan del de Albacete, le seguí en distintos canales y programas. Le vi en teatro y en musical y siempre me pareció, como Alfredo Landa, una buena persona. Eso por encima de todo. Y esta semana he vivido dos sacudidas con sus fallecimientos. No soy nada mitómano y conservo para mí el trabajo de ambos como su principal valor. He disfrutado y seguiré disfrutando del trabajo de ambos con la voracidad que me caracteriza.

Pero no puedo dejar de pensar que se han ido dos buenas personas. Y de eso, tampoco abunda.

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