THATCHER, PARA BIEN Y PARA MAL

Ha muerto la mujer en tecnicolor. La que vestía en colores fuertes y llamativos. Como si no llamase suficiente la atención por el mero hecho de ser una mujer siempre rodeada de hombres.

Pero ha muerto, también, la mujer en blanco y negro. La que no admitía matices ni escala de grises. La que sólo veía las cosas bajo la luz de sus incuestionables principios.

Ha muerto Margaret Thatcher.

Margaret Thatcher. Foto Getty Images vía El Pais

Margaret Thatcher. Foto Getty Images vía El Pais

Sin duda uno de los personajes fundamentales del siglo XX. Tanto en el Reino Unido como en el conjunto del mundo. No en vano, es la primera mujer que llegó a Primer Ministro. La primera mujer que ganó unas elecciones en una potencia mundial y revalidó su triunfo en las urnas. El Primer Ministro más longevo del siglo XX en las Islas Británicas. Una mujer que hizo historia, por el mero hecho de serlo pero, también, sin tener en cuenta su sexo.

Su ímpetu imparable se ha concretado también en el momento de su muerte. No es frecuente que se hable mal de los muertos, pero en su caso también se ha roto ese tabú. Margaret Thatcher no dejaba indiferente a nadie. O se la quería o se la odiaba. Sin medias tintas. Y eso que había hecho buena parte de su inicial carrera política aprovechando los errores de los demás o la ausencia de alternativas.

Así logró su escaño por el condado de Finchley en el año 59. Así se aupó a la cartera de Educación, 10 años después, en el gabinete MacMillan. Y así llegó al liderazgo del Partido Conservador en el año 75. Incluso su victoria electoral en 1979, la que le llevó a ocupar el 10 de Downing Street, tuvo mucho de descarte. Tan mal pintaban las cosas y tan nula era la alternativa que con 54 años se convirtió en Premier.

A partir de ahí desplegó el catálogo de sus férreos principios y se labró la imagen con la que pasaría a la historia. Esa imagen de Dama de Hierro con la que, inicialmente, querían denigrarla pero con la que ella se sentía la mar de cómoda. Redujo el estado privatizando (ella no tenía problemas en llamar a las cosas por su nombre) buena parte de sus servicios. Plantó cara a los sindicatos para reducir su poder y devolver margen de maniobra a los gobiernos británicos. Y estabilizó la economía azotada por fuertes vaivenes.

Pero como todo líder que se precie, Margaret Thatcher se encontró con acontecimientos críticos que supo poner de su lado. Primero, la invasión de las Islas Malvinas que ella convirtió en una Guerra en favor de la libertad y de la democracia frente a la dictadura argentina (curioso que un cuarto de siglo después fuese el gran baluarte de Augusto Pinochet durante su retención en Londres) y en favor de los intereses británicos.

Después se encontró con un atentado del IRA que falló y al que ella supo darle la vuelta como pocos. Normalizando el hecho para destacar que nada ni nadie podrían nunca condicionar su acción política ni su vida privada. Y también supo entender que parte del papel del Reino Unido en la Europa unida pasaba por convertirse en la mosca cojonera del viejo continente. Y lo ejerció con la permanente amenaza de romper la baraja.

Tal vez esa misma carrera de éxitos frente a los enemigos gestó su fracaso. Sin oposición en el Partido Laborista, sin sindicatos que le hiciesen la cama, con los líderes europeos rendidos a una relación basada en las tiranteces constantes y con su generación de líderes en la jubilación o iniciando la retirada (Reagan, Mitterrand, Kohl, Gorovachov, Andreotti,…) se inventó un impuesto, el poll tax, que poco tenía que ver con sus principios liberales. Y ahí encontraron sus enemigos internos la brecha por la que colarse.

 Aun así, su legado era respetado. Su sucesor, John Major, no fue una ruptura sino la continuidad natural. Y Thatcher seguía siendo un referente. Sólo sus salidas de tono (como la de respaldar a Pinochet) y las de su familia (su hijo detenido en África acusado de estar relacionado con golpes de estado más o menos encubiertos y el libro de memorias de su hija revelando que padecía demencia senil) la fueron arrinconando en la memoria de los ingleses y del resto del mundo.

Pero Thatcher era ya un referente. Se estudiaba, inevitablemente, en los libros de historia. Decenas de películas tenían al thatcherismo como referente para bien o para mal. Y no sólo la hagiografía protagonizada por Meryl Streep. Ken Loach, Neil Jordan y otros muchos se han obsesionado (tal vez en exceso) con sus denuncias contra el thatcherismo y sus consecuencias en el último cuarto del siglo XX.

Todo ello nos lleva a preguntarnos, ¿qué tenía esa mujer para polarizar de esa manera a todos los que la trataron o vivieron bajo su Gobierno?  Sin duda, nos falta perspectiva para evaluar sin pasión su labor y su huella. Pero la veamos desde el blanco o desde el negro. La veamos con más o menos simpatía. Queramos verla o no queramos verla, de lo que no cabe duda es que hoy hemos perdido a un personaje histórico.

Pónganle ustedes el resto de calificativos que mejor les parezca.

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2 comentarios en “THATCHER, PARA BIEN Y PARA MAL

  1. Muy chulo el post, los calificativos sobre la Dama mejor me los ahorro, conociéndome te imaginas por dónde van
    Saludos,

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