FRANCISCO COMUNICA

Cuando el 16 octubre de 1978 Karol Wojtila fue elegido Papa cambiaron unas cuantas cosas. Algunas venían de suyo. Hacía 455 años que el sucesor de Pedro no era italiano. Era la primera vez que provenía de un país de la Europa del Este (más allá del telón de acero). Algunas otras cosas se fueron viendo con el paso de las semanas. Escogió llamarse Juan Pablo II en homenaje y recuerdo a su breve predecesor pero lo cierto es que no siguió una línea precisamente continuista con lo que había anunciado Albino Luciani. Salió al balcón de San Pedro como cualquiera de sus predecesores y se mostró modesto y contenido en los gestos.

Pronto dio muestras de por dónde iban sus intenciones con dos aspectos particularmente interesantes y coincidentes. Iba a ser un Papa viajero, ahondando en la senda iniciada por Pablo VI e iba a aprovechar todas las posibilidades a su alcance de la sociedad de la información. No en vano, había hecho mucho teatro en su adolescencia en Wadowice y con esos mimbres construyo un personaje público cercano, amable, cordial,… simpático para su audiencia, particularmente para los jóvenes que movilizaban los nuevos movimientos católicos.

Wojtila se movía con soltura por los escenarios. Imposible no acordarse de misas como la que ofreció en el Santiago Bernabeu. Nada que envidiar a los mejores artistas del momento. Entusiasmaba y enardecía. De pronto, muchos, católicos y no católicos, descubrieron que el líder de la mayor organización de la historia y la más longeva podía ser también alguien cercano. No sólo era un líder espiritual que guiaba las almas de millones de personas de todo el mundo. También podía ser alguien a quién tocar y con quién compartir.

En los últimos 5 días, hemos leído y escuchado miles de cosas sobre las primeras horas del Papado de Jorge Mario Bergoglio. Algunas de ellas resultan coincidentes con las descritas en los párrafos anteriores. Es la primera vez que el Santo Padre no ha nacido en Europa. El Espíritu Santo y los Cardenales han ido a buscarlo a otro continente, a otro hemisferio, “casi al fin del mundo” dijo el propio Bergoglio en su primera alocución a la ciudad y al mundo.

Salió al balcón sin más ropajes que los blancos propios del cargo y sin más adornos que una cruz de plata. Austeridad, pobreza, cambio de ciclo nos hemos apresurado a proclamar. No estaría de más revisar, ya que la memoria suele ser traicionera, la primera aparición de Luciani como Papa. El también se hizo visible sólo con la sotana blanca. También entonces llamó la atención pero de Juan Pablo I lo que más se recuerda es su brevedad y lo oscuro de su muerte.

Los que saben de esto, del Vaticano, de Cardenales, de Cónclaves y de catolicismo están llamando mucho la atención sobre la simbología de Francisco. Primer Jesuita que llega a la silla de Pedro. La elección de su nominal en honor a Francisco de Asís y su voto de pobreza. La humildad de sus gestos (como el de retirarse de la carrera en el Cónclave de 2005, o pagar su cuenta en la residencia donde pasó sus últimas noches como purpurado, o renunciar a limusinas y demás adornos y privilegios). Y creo, sinceramente, que todo ello está bien, es importante y a todo ello hay que darle valor. Pero a mí me interesa más su forma de comunicar.

Me interesa su comunicación verbal y la no verbal. Por ejemplo. Bergoglio es un Papa al que no sólo se le puede tocar y que te toca (menudos cachetazos le dio a alguno de los cardenales en la recepción en la Capilla Sixtina tras la elección). El Papa Francisco besa con normalidad.

Vía laredpampera.com.ar

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El Papa Francisco hace uso de las manos para reforzar y apoyar sus mensajes. Ya lo han notado los micros que empiezan a rodearle. Más de uno se ha llevado un mandoble fruto de la expresividad del Santo Padre. El Papa Francisco se viste por los pies, pero con comodidad. Mantiene sus zapatos de siempre, supongo que un poco por comodidad y un mucho para no perder las referencias de quién es y de dónde viene.

Vía  noticierostelevisa.esmas.com

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Jorge Mario Bergoglio, como buen jesuita, utiliza la palabra para educar. Ya hemos tenido unos cuantos ejemplos pero habrá que estar muy atento. A sus discursos, sí. A sus textos escritos, también. Pero sobre todo a esos momentos en los que aparta los papeles e improvisa. Ahí está el jesuita y el pastor, en estado puro. Y ese puede ser el gran valor (entre otros) de Francisco.

Vuelvo a Wojtila y recuerdo como interpretaba sus palabras, sus discursos, sus alocuciones. Era un actor (además de políglota) y se sentía cómodo dándole a cada palabra la inflexión que consideraba oportuna. Interpretaba. Cogía a la audiencia, al público, y lo conducía por el guión que había previsto para lograr sus fines. De nuevo recupero el viaje de 1982 a España, probablemente el más instructivo para desmenuzar a Juan Pablo II.

Francisco no interpreta. Suma sus dotes argentinas (la musicalidad del español de esas tierras con ciertas dotes de dulce empalagosamiento) a las del didáctico jesuita y se acerca a los católicos. Es muy consciente del auditorio al que se dirige y se adapta a él como un guante a la mano. No parece que vaya a cambiar su estilo de tantos años. Tenemos en internet miles de ejemplos como este

Y es posible que las reformas (una parte de las reformas) que Jorge Mario Bergoglio tiene en mente para su Papado se asiente en esta forma particular de comunicar. No será la comunicación ni más ni menos importante que el fondo del mensaje o que las posiciones doctrinales. Pero será, es de hecho, un envoltorio nuevo que, me da la impresión, lo cambia todo.

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