PANDILLERISMO Y CONVERSACIÓN

Debo estar haciéndome mayor. Encuentro mis mejores referencias en cosas que pasaron, que me pasaron, hace un buen puñado de años. Últimamente me acuerdo de los veranos de mediados de los 80. Aquellos veranos (sus noches, sobre todo) asentaron dos de mis mayores pasiones. Ambas nocturnas, no por casualidad. Una, el cine. Bien el que programaba la televisión única de Pilar Miró pasada la medianoche. Bien el que yo sacaba compulsivamente del videoclub al que acababa de apuntarme. Otra, la conversación y la discusión. Fomentada siempre por mis padres y en la que participábamos los primos de distintas edades, mi hermano y cualquiera que pasase por allí.

Curiosamente, ambas pasiones eran casi contradictorias en su esencia. La del cine es más bien solitaria, individual. He visto cine en compañía muchas veces, pero casi nunca lo disfruto tanto como cuando estoy sólo. La conversación y la discusión, en cambio, precisa de varios. Y precisa, también, de que esos varios tengan opiniones diferentes. Claro que puede haber conversaciones de igualpensadores, valga el palabro. Pero son un poco menos entretenidas. Y mucho menos productivas. Favorecen el onanismo mental y no estimulan el razonamiento en la misma medida.

La semana pasada leía el siempre interesante blog de Luis Arroyo y me llamaba la atención una entrada, una más, en la que Luis trata de relativizar el alcance de las Redes Sociales y el nuevo internet. Como buen provocador que es, titula la anotación Twitter no favorece la conversación sino el pandillerismo. Y ofrece un par de interesantes enlaces que invitan a la reflexión. Básicamente, Luis Arroyo defiende que en Twitter no hay conversación porque los que interactúan tienen un mismo esquema de valores y principios y, por lo tanto, se retroalimentan y no entran demasiado en contacto con los que opinan de forma diferente. Implícitamente, Arroyo deja la puerta abierta a que la verdadera conversación y el verdadero enriquecimiento intelectual se produce cuando entran en contacto los que opinan y razonan de forma diferente. Voy a intentar colarme por esa pequeña rendija.

En mis primeros meses en la Facultad de Periodismo de la Complutense, allá por finales de los 80, fui bautizado como “el tío del ABC”. Todos los días, antes de las 8 de la mañana, estaba en mi silla terminando de leer la histórica cabecera de los Luca de Tena. Era (sigue siendo) un diario cómodo para leer en el Metro por su formato. Pero parece que no encajaba del todo en el perfil de estudiantes de primero de periodismo. Claro que mis compañeros no tenían por qué saber que yo había tenido la suerte de tener al alcance de la mano, todos los fines de semana, cabeceras tan diversas como el ABC, Diario 16, El País o La Voz de Galicia. A las que se sumaba el YA cuando íbamos a casa de los abuelos.

 Sí. Yo era un tío afortunado. Acostumbrado a poder ver distintas versiones de las mismas noticias para sacar mis propias conclusiones.

Mis compañeros de facultad empezaron a sorprenderse cuando decidí cambiar de diario y empecé a comprar El Independiente. Me parecía un buen periódico, pero estaba moribundo. Luego salió a la calle El Sol y me apunté a la moda, pero era demasiado visual para mí. Entre medias había comenzado su andadura la nueva criatura de Pedro José Ramírez y también probé suerte con El Mundo. Vamos, que en ese primer año hice un recorrido casi completo por la prensa que se publicaba en Madrid en aquellos años.

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Con cierto retraso me convertí en fiel seguidor de La Vanguardia, sin duda uno de los mejores diarios de nuestro país. Curiosamente, una de las cosas que más me gustó fue su catálogo de columnistas y colaboradores. Amplio, variado y en muchos casos muy alejados de mi forma de ver las cosas. Este idilio se prolonga hasta hoy, 20 años relación pocas veces marcado por la coincidencia.

En estos saltos sucesivos de una cabecera a otra, o simultaneando varias, lo que más me ha llamado siempre la atención es la gente que sólo lee un periódico. Mejor dicho, los que se niegan a leer determinados periódicos. No es una cuestión del precio que puedan tener. Llevo 20 años trabajando en medios de comunicación y siempre hemos tenido la prensa al alcance de la mano. Sin embargo, todos los días se tiran periódicos, decenas de ejemplares, que no han sido tocados por nadie. Y eso, entre periodistas. Que se supone que tenemos que estar informados y conocer múltiples puntos de vista.

Estoy muy de acuerdo con Luis Arroyo cuando dice que Twitter favorece el pandillerismo. Seguimos y nos retroalimentamos de los que están más próximos a nuestra forma de pensar y ver las cosas. Pero no es una característica diferencial de Twitter o de las Redes Sociales. El pandillerismo lo llevamos los humanos en los genes. Nos cuesta poner en cuestión nuestras ideas, nuestras razones y nuestros principios. Nos cuesta escuchar otras opiniones, otras razones y ponernos en la posición del que tenemos en frente. La empatía brilla por su ausencia en Twitter, en las Redes Sociales y en la sociedad en general.

Tendemos a ser extraordinariamente permisivos con los que sentimos cercanos y extraordinariamente críticos con los que piensan diferente. Y, efectivamente, así no se favorece la conversación. Precisamente por eso no me parece equilibrado juzgar de forma diferente a las Redes Sociales y al resto de las formas de comunicación humana.

Y, desde luego, sí, creo que es imprescindible alejarnos todo lo que podamos del pandillerismo y acercarnos todo lo que podamos a la empatía y a la conversación. Sólo así mejoraremos como sociedad.

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