CUESTIÓN DE CONFIANZA

Cerramos la semana del Debate sobre el Estado de la Nación con la sensación de que no ha valido para nada. Dicen los analistas y las encuestas que Mariano Rajoy ganó a Alfredo Pérez Rubalcaba. No es una sorpresa para casi nadie. El formato del Debate favorece al representante del Gobierno. Parece que podríamos calificar como pírrica esa victoria en tanto que sólo le otorga unos días de respiro al Presidente del Gobierno. Un cierto respiro que se vuelve casi asfixia para el líder la oposición, no menos cuestionado.

De los datos del sondeo publicado el sábado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) cabe destacar que 3 de cada 4 españoles consideran que Rajoy no transmitió confianza en el futuro económico del país (y eso que el Presidente cerró su intervención matutina asegurando que “hoy tenemos un futuro”). 4 de cada 5 consideran que no mostró confianza en el futuro político ( y eso que anunció la segunda generación de reformas de su Gobierno). 2 de cada 3 consideran que el Gobierno no tiene fortaleza. Y 2 de cada 3 no cree que Rajoy tenga la decisión de cumplir sus promesas electorales. [Páginas 20 y 21 de la primera parte del estudio del CIS referido].

Con estos datos, lo normal es mirar a la bancada de la oposición para buscar las alternativas. Pero resulta que 9 de cada españoles consideran que Rubalcaba no tiene propuestas reales frente a las políticas del Gobierno. 4 de cada 5 consideran que es incapaz de hacer una oposición construtiva. 9 de cada 10 no le consideran capaz de infundir confianza a los españoles. Y 9 de cada 10 no creen que esté preparado para dirigir el país. [Páginas 21 y 22 de la primera parte del estudio del referido estudio del CIS].

Desolador.

Vistos los datos y después de 5 días de reflexión, me interesa una de las cuestiones que, considero, marcaron el desarrollo del Debate: el incumplimiento de las promesas electorales del Presidente del Gobierno. Ya me refería ello en la crónica de urgencia que redacté el mismo miércoles. Pero este fin de semana he leído a Alfonso Guerra en la revista Tiempo (todavía no está disponible en la versión web, pero supongo que lo estará en breve) y me interesa detenerme en este aspecto un poco más.

Dice el veterano disputado (que ha vivido los 23 Debates sobre el Estado de la Nación de la democracia desde su escaño) que “Contraponer los compromisos contrídos con la sociedad con el deber es absurdo. El deber para un político es el cumplimiento de sus compromisos. Cumplir con lo que él (Mariano Rajoy) llama promesas es precisamente su deber”.

Es ésta una afirmación muy habitual, sobre todo para los políticos que están en la oposición, no tanto para los que están en el Gobierno de turno. Las versiones más extremas llevaron a algunos insignes políticos (de todos los colores) a firmar diversos “contratos con los ciudadanos” en periodos electorales. O a acudir al notario para comprometerse a hacer o no hacer algo si llega al poder.

Llevo ya unos meses dándole vueltas a esta idea y a otra que me surgió leyendo a Bernard Manin. Esta segunda idea podría plasmarse, en oposición a la anterior, como que “los ciudadanos elegimos a los políticos por una cuestión de confianza y, a partir de ella, para que desarrollen las mejores políticas en cada momento en función de las circunstancias. Ya tendremos tiempo de juzgarles, en las elecciones, por esas decisiones”. He tenido ocasión de plasmar este idea en mi participación en el Primer Congreso Internacional en Comunicación Política y Estrategias de Campaña organizado por ALICE el año pasado en Madrid. [Próximamente aparecerá un libro con las ponencias de ese Congreso entre las que se incluye a la que hago referencia].

Creo que es un error que los políticos prometan que van a hacer algo y que los ciudadanos les elijamos en función de dichas promesas. En realidad, querámoslo o no, los ciudadanos votamos con dos miradas que nos hacen vizquear. Una hacia el pasado, hacia la trayectoria de los políticos antes de las elecciones. Otra hacia el futuro, hacia lo que dicen que van a hacer. La primera, con el inevitable componente subjetivo de cada uno, tiene un poso real y concreto. La segunda, además de la misma subjetividad tiene un componente incierto que me preocupa extraordinariamente.

Congreso de los Diputados

Congreso de los Diputados

Si alguien se compromete a hacer algo en el futuro es porque conoce todas las circunstancias que se van a dar en ese futuro, siempre incierto. Como no creo que nadie (y menos los políticos) tengan esa capacidad de adivinación, tengo que pensar que sólo tratan de vendernos esperanzas e ilusiones. Cabe pensar, también, que quién promete algo sin tener todos los datos en la mano es que está tratando de engañarnos o de abusar de nuestra confianza. Y eso me preocupa a la par que me indigna.

No quiero promesas. No quiero supuestas certezas asentadas en elementos no comprobables. Pero tampoco quiero que las personas elegidas por todos para una tarea se sientan atadas por unas promesas que las circunstancias pueden hacer imposibles de cumplir. Quiero tener la tranquilidad de que escojo a un político en base a la confianza que me despierta y quiero saber (y quiero que él sepa) que si esa confianza se traiciona, en las siguientes elecciones actuaré en consecuencia.

Dice Manuel Campo Vidal que organizar un Debate electoral es “tejer una red de confianza”. (Así se titula su artículo del libro “El Debate del Debate 2011”, página 13 y ss.) Y algo debe saber quién ha estado en las tripas de 4 de los 5 debates electorales que ha habido en España antes de unas Elecciones Generales. Dice Campo Vidal que tejer esa red (esas redes, habría que decir) de confianza es lento, costoso, trabajoso y necesariamente discreto. Que sólo con esa confianza se pueden celebrar Debates Electorales y que esa red es extraordinariamente débil y quebradiza y, por ello, hay que cuidarla en todo momento.

Creo que esas mismas premisas se pueden y se deben aplicar a la confianza que tiene que establecerse entre un político y los votantes. Y sobre esa confianza construir las mayorías que den lugar a los Gobiernos democráticos. Confianza nacida de la experiencia, de los hechos, de las realizaciones y del trabajo diario. No en base a las promesas, a los compromisos y a los deseos de futuro.

Si elijo a un representante quiero saber que va a actuar, en cada momento, pensando en el bien de todos, en el interés general y teniendo en cuenta las circunstancias concretas de cada momento. No en principios dogmáticos o en promesas que hizo hace 1, 2 o 3 años en circunstancias claramente distintas. Quiero que tenga capacidad de ver y valorar todas las circunstancias en cada momento. Que tenga la capacidad de reflexionar sin apasionamientos y sin condicionantes previos. Quiero que tenga la valentía de tomar la decisión que considere que es mejor. Y quiero que tenga la capacidad y el coraje de explicármelo.

En definitiva, quiero que entre él, como elegido, y yo, como elector haya una relación de confianza que no esté condicionada por promesas, casi siempre peligrosas, si no por hechos, evaluables en todo momento. Casi nada.

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