DIMISIONES, RENUNCIAS, CESES

Estamos en los tiempos de lo social. Esos en los que parece que la unión hace la fuerza. Cuando todos empujando en la misma dirección nos creemos con la capacidad para cambiar las cosas. Tiempos donde el anonimato prima sobre los protagonismos. Unos tiempos que, en muchos sentidos, podríamos ilustrar con el famoso cuadro “El abrazo” de Juan Genovés. Y, sin embargo, en estos mismo tiempos, está en el centro del debate un comportamiento netamente individual, personal, íntimo incluso. La dimisión.

El Abrazo de Juan Genovés

El Abrazo de Juan Genovés

Se me ocurren pocas cosas tan individuales. Uno dimite por su propia convicción. Por su propia necesidad. Porque lo considera oportuno. No puede ser dimitido, ni cesado. No puede delegar esa acción en nadie. Es una potestad suya y sólo suya. Se puede empujar a alguien a la dimisión, como se le puede empujar al suicidio. Pero eso no cambia la individualidad de la decisión.

La dimisión, la renuncia, el cese es como la paja en el ojo ajeno. Todos la vemos, la entendemos, la esperamos, la reclamamos, la instamos la deseamos y nos gustaría forzarla, cuándo es la de otro. Pero si hablamos de la nuestra… ¡ah! ese es otro cantar. Casi nunca encontramos el momento, la ocasión, la oportunidad, el motivo,…

Tengo para mí que se trata también de una cuestión cultural. Tan asentados están las normas de la tradición monárquica castellana que hemos llegado a pensar que las personas principales de nuestra sociedad no dimiten. Eso es cosa del vulgo que, además, tiene poco de lo que dimitir. Liga, creo yo, con esa tradición monárquica y con un cierto catolicismo encapsulado que tampoco deja mucho margen a la renuncia.

En otras tradiciones, más de corte protestante, la dimisión es algo mejor entendido. No sólo eso. Dimitir es parte del currículum de una persona. Una demostración de sus buenas cualidades. Una moneda común de múltiples usos. Porque esa es otra vertiente. En España da la sensación de que el dimisionario queda estigmatizado de por vida. Es como un fracaso. Algo de lo que nadie se puede reponer. Por contra, tenemos notables ejemplos, en nuestros países vecinos, de grandes dimisionarios.

Vivimos tiempos marcados por la dimisión. Por la no dimisión, habría que decir. Dimisiones pedidas, en vano. Dimisiones exigidas, coreadas, reiteradas, que no se concretan. Dimisiones a las que algunos, si pudieran, darían forma de destitución. Pero eso es otra cosa. Dimisiones inevitables, útiles, necesarias. Da la impresión de que los frutos de mañana tienen que abonarse con las dimisiones de hoy y las que no fueron ayer.

En lo que llevamos de año hemos visto renuncias monárquicas, políticas, deportivas y vaticanas. Las hemos visto fugaces, asentadas, esperadas, inesperables, en cascada, en directo, ralentizadas, solitarias, respaldadas,… Y, pese a todo, siempre hay una dimisión que no podemos llevarnos a la boca. Esa que nos deja con (o deja a alguien) con una desazón inmensa. Esa que parece ser la madre de todas las dimisiones, aunque nunca sea tal.

Y luego están los analistas de las dimisiones. Con todo mi respeto para los analistas y para los economistas, unos y otros son grandes teóricos del día después. Ese en el que todos tienen datos para explicar por qué ha pasado lo qué ha pasado, aunque nunca hayan sido capaces de pronosticar lo que iba a pasar a tiempo de estar prevenidos para ello. Analistas y economistas son perfectamente capaces de explicarnos por qué alguien ha dimitido o por qué no dimite. Incluso son capaces de explicarnos primero lo segundo e, inmediatamente, lo primero. Por supuesto, con la máxima convicción todo ello.

Pero, lo que está fuera de toda duda, es que quién no quiere dimitir, no dimite. Por más que se lo pidamos. Por más que le insistamos. Es un ejercicio carente de interés, de lógica y de productividad. ¡Cuánto mejor sería aplicarnos cada uno a nuestra tarea! Hubo quién se pasó 3 años reclamando la dimisión de un Presidente y terminó consiguiendo su puesto, aunque no la dimisión. ¿Volverá a pasar?

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