LEER ES ALGO ÍNTIMO

No se me ocurren muchos actos tan íntimos, personales, individuales y privados como el de leer un libro. Nunca me han gustado demasiado las bibliotecas, precisamente por eso. Me atraen los libros que hay en sus estanterías, el silencio que los envuelve y la luz tenue que les da vida. Pero no me gustar la sensación de estar leyendo con decenas de personas alrededor. Por necesidad he leído mucho en el Metro. Mucho. En realidad, creo que fue en el Metro donde empecé a leer de verdad a mis buenos veintitantos años. Pero nunca me sentí demasiado cómodo leyendo en el Metro. Sólo cuando descubrí el walkman (aquel lejano precedente de los modernos ipod, mp3 o similares) alcancé la suficiente intimidad como para leer a gusto en el Metro.

Agencia EFE

Cuando leo en mi casa hay dos sitios especialmente cómodos para mis propósitos. La mesa de estudio en la que estoy sólo rodeado de libros y música (y un puzle, regalo de unos buenos amigos, que acumula polvo desde hace años, sin que sea capaz de encontrar tiempo para ponerme a colocar piezas) y un silloncito en el que me acomodo con algo de música en las orejas en el que me siento como inmerso en un mundo diferente del que tengo, en realidad, al alcance de la mano, si sólo estirase el brazo. En realidad, leo también mientras desayuno, o sentado en el baño (gran sitio para encontrar los momentos íntimos y privados) o en la cama, en esos momentos previos al sueño en los que no queda nada más real en el día que toca a su fin.

Viene a cuento todo esto porque siempre me ha llamado la atención esta especie de fiesta, necesariamente colectiva, en la que nos empeñamos en sacar los libros a la calle y compartirlos con otras personas (conocidas o no). No termino de entenderlo. La relación, mi relación, con los libros sólo la entiendo binaria. El y yo. No hay sitio para tríos y mucho menos para multitudes. Nunca tan cierto eso de que tres son multitud. Y no se trata de egoísmo. Me encanta que me recomienden libros y recomendarlos. Me encanta que me descubran nuevos autores y poder prestar libros, siempre a condición de que me sean devueltos. Pero no puedo entender esa especie de orgía en la que nos ponemos a buscar nuestros libros a empellones con otras decenas de personas. Es como si alguien se pusiese a desgranar los detalles de su vida sexual en una esquina de cualquier calle.

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Me encanta ir a las librerías. Ver como tienen colocados los libros. Hay mil formas de hacerlo. Descubrir como los tienen clasificados. Cabrearme porque la disposición no es la que considero adecuada o porque me parece directamente estúpida. Pero no me gusta tener al dependiente de turno a mi alrededor tratando de guiarme. Reconozco que soy como un ciego tratando de orientarme en un desierto, pero me encana esa sensación. Me siento individual, único, y totalmente humano, a la vez.

No entiendo se puede estar pendiente de que llegue un día determinado del año para ponerse a comprar libros para regalar a los amigos. Es como si comprásemos bragas, sujetadores o calzoncillos a un amigo. A caso le hemos tomado la talla o la medida. Acaso estamos seguros de saber si les va o no el tanga. Es que estamos al cabo de la calle de cuales son sus colores preferidos para la ropa interior. No puedo entenderlo. No digo que no se puedan regalar libros. Y, mucho menos, que no se le pueda comprar un libro a alguien que nos es cercano. Pero tener que salir a comprar libros para regalar un día determinado es como si el 14 de febrero tuviésemos que salir a encontrarle pareja a todos nuestros amigos y amigas desparejados. Y, sobre todo, tener éxito en el empeño. No lo entiendo.

He tenido la suerte de tener algunos muy buenos profesores. Pero en lo que a los libros se refiere, tuve una de todo punto excepcional. Vaya por delante que en casa de mis padres siempre ha habido libros. Muchos libros. De todo tipo. De literatura a libros técnicos. De enciclopedias a cómics. De clásicos latinos y griegos a los super ventas de Stephen King. Quizás por eso, y por el rechazo natural que uno siente (a veces) hacia lo que significan los padres, desarrollé un cierto rechazo, una cierta rebeldía, más bien, hacia los libros. Me negué a leer ningún libro en el bachillerato. Y así sigo sin haber leído El Quijote, o El Buscón. Otras lagunas, las he ido cubriendo con el tiempo. En buena medida, como decía, gracias a doña Pilar Palomo. Catedrática de Literatura Española en la Complutense y una docente, una maestra, de los pies a la cabeza.

Lo he comentado alguna vez con amigos, pero nunca se lo he dicho a ella. Tampoco creo que le importe demasiado, pero ella me inyectó del todo el gusto por la lectura. Afortunadamente, me he ido encontrando con otras muchas personas que han ido abonando esa afición. Unos, abriéndome las miras, como Jose. Y teniendo paciencia con mis protestas, casi siempre infundadas. Así llegué a Freud, a Spinoza, a Descartes y a otros muchos. Otros me han modelado los hábitos, como Antonio, que me quitó dos manías. Una, la de tener que terminarme los libros. Otra, la de obsesionarme con leer “los clásicos”. Si no estás disfrutando, me dijo una vez, déjalo. Sea lo que sea. Déjalo. Tal vez no es el momento. Tal vez no es un libro para ti. Sea como sea, si te empeñas en leerlo por obligación, no vas a disfrutarlo. Y eso es lo más triste que te puede pasar con un libro.

Mi sensación de ser un “retrasado”, en lo que a lecturas se refiere, no termina de curarse. Y, a este paso, no se si me curará nunca. Por eso, sigo acumulando libros. Y lo hago a un ritmo mucho mayor del que me da tiempo a leer. Pero siempre pienso que llegará algún momento en el que dedicaré la mayor parte de mi vida a leer. A disfrutar de esa maravillosa intimidad individual.

Hace unos años, mi amiga Isabel me habló de Stefan Zweig. Y yo, con el desparpajo que da la ignorancia, contesté que no sabía quién era. Isabel le puso pasión a su explicación y me picó la curiosidad. He leído, a estas alturas, unos cuantos libros de Zweig y tengo muchos más repartidos por las mesas, mesitas y estanterías de casa, a la espera de su momento. Y me parece que este día de las Letras, que acaba de finalizar (llevamos 6 minutos del día 24 cuando escribo estas líneas) es un buen momento para recomendar al austriaco. No sólo porque se cumple, este año, el 70 aniversario de su trágico suicidio (del suyo y del de su mujer, en Brasil, tras huir del nazismo). 

No sólo porque su visión, tan crítica como lúcida, sobre un mundo que se desmorona, me parece de necesaria revisión a estas alturas. Sino porque me parece que es de las lecturas más entretenidas, a la par que instructivas, que se pueden encontrar. Y, en España, tenemos la suerte de que sus obras las podemos encontrar en unas espléndidas ediciones de Acantilado. Editorial cuidadosa donde las haya.

Como las obras principales de Zweig son muy citadas, me voy a permitir recomendar, a los que hayan tenido el coraje de aguantar hasta aquí, dos obritas menores pero deliciosas. Una es una demostración del amor del autor por los libros y la cultura. Se llama “Mendel el de los libros”. La otra es una incursión en el cerebro humano, de la mano del ajedrez y se llama “Novela de ajedrez”. Por si alguien piensa que me he puesto demasiado “pedante” voy a incluir una tercera recomendación, digamos, alternativa. Es una de esas novelas gráficas que proliferan en los últimos años. Pero, en este caso, se trata de uno de los libros de más éxito en 2007 en Estados Unidos. Se llama “Fun Home”, es obra de Alison Bechdel y no deja de ser una autobiografía con tintes de novela de iniciación. Los dibujos son tan simples como descriptivos. Y el relato está lleno de elementos que te atraen.

Buenas noches.

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